El triunfo del Golgota --- Erich Sauer

El triunfo en el Gólgota...
por Erich Sauer
La cruz encierra un doble significado: por una parte, es la base de su justificación, por la que se arregla su vida pasada frente a la justicia de Dios; y por otra, es el fundamento de su santificación, por la que se gobierna su vida según la voluntad de Dios...

La cruz encierra un doble significado: por una parte, es la base de su justificación, por la que se arregla su vida pasada frente a la justicia de Dios; y por otra, es el fundamento de su santificación, por la que se gobierna su vida según la voluntad de Dios...

El triunfo en el Gólgota...

El odio de los fariseos llevó a Cristo a la cruz, siendo su ejecución el crimen judicial más infame de la historia del mundo. Se ha calificado el hecho como «el asesinato más cobarde de un embajador que jamás se haya visto, y el ultraje más vil que rebeldes jamás hayan perpretado contra el benefactor de su patria». Pero detrás del crimen máximo de todos los tiempos se halla la obra de Dios, quien cumple por medios tan extraños el plan eterno.La victoria aparente de Satanás se convirtió en una derrota tremenda, a la vez que la aparente derrota de Cristo llegó a ser su victoria suprema, manifestación de su poder infinito Dios ha convertido este acto de alevosa y diábolica rebelión contra su persona en el medio para la expiación de los pecados y la salvación de los mismos rebeldes. Al golpe insultante que asestaron a su rostro santo, respondió con el beso de amor y de reconciliación. Nosotros llegamos al límite de toda maldad por nuestra rebelión contra Él, mas Él escogió aquella misma hora para la manifestación más sublime de toda gracia y bondad para con nosotros. Así es que el hecho vergonzoso de la cruz, en cumplimiento del plan de redención, llegó a ser el eje de la historia humana, y no sólo eso, sino de toda la suprahistoria universal.

El momento en el calendario humano sería, con toda probabilidad, según los más recientes cálculos de los eruditos, el día 7 de abril del año 30 d.C., pero como «hecho eterno» la cruz es el fundamento de todo el victorioso proceso de la redención.

EL SIGNFICADO DE LA CRUZ PARA DIOS

La cruz es el hecho más trascendental de la historia de la salvación: mayor aun que el de la resurrección, bien que los dos son inseparables. Se puede decir que la cruz es la victoria, mientras que la resurrección es el triunfo, siendo más importante aquella que éste, bien que el triunfo es la consumación natural e inevitable de la victoria. En la resurrección, pues, se manifestó públicamente la victoria del Crucificado, aunque la victoria en sí había sido ganada cuando el vencedor exclamó: «¡Consumado es!» (Jn. 19:30).

La cruz es la evidencia suprema del Amor de Dios

En la cruz el Señor de toda vida entregó a la muerte a su amado, a su unigénito Hijo, al Mediador y Heredero de la creación (Col. 1:16; He. 1:2, 3). El Cristo que murió en la cruz era el Señor de todo, en honor de quien los astros siguen su curso por el espacio, y al otro extremo de la creación, en cuya honra los insectos revolotean en un rayo de sol (He. 2:10). Verdaderamente, en este gran acontecimiento, «Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro. 5:8).

La cruz es la mayor prueba de la justicia de Dios

En la cruz el Juez de toda la tierra, «como manifestación de su justicia», no perdonó aun a su propio Hijo (Ro. 3:25; 8:32). En el transcurso de los siglos, pese a mucho juicios individuales y parciales, Dios no había castigado jamás el pecado con juicio final (Hch. 17:30). Tanto es así que, a causa de su paciencia, su santidad aparentemente estaba en tela de juicio por «haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados» (Ro. 3:25). En vista de ello, solamente la muerte expiatoria del Redentor, como acto justificativo de Dios frente a la pasada historia de la humanidad, pudo mostrar la justicia irrefutable del Juez supremo de los hombres. Comprendemos, desde luego, que la paciencia de los tiempos anteriores se fundaba exclusivamente en el hecho futuro de la cruz, de la manera en que todo pecado presente y futuro puede ser expiado por la «justificación» del pecador tan sólo por la mirada retrospectiva de la justicia divina hacia la cruz. Por ende, la paciencia pasada, el juicio presente y la gracia futura hallan todos su punto de convergencia en la cruz (Ro. 3:25, 26; 1 Jn. 1:9; Jn. 12:31).

En el evangelio se revela por primera vez «una justicia de Dios» (Ro. 1:17 VHA) que no es sólo un atributo de Dios, sino también un don que procede de Dios, y que es válido delante de su trono de justicia al ser aceptado en sumisión y fe por el pecador (Ro. 1:17; 2 Co. 3:9; 5:21).

La cruz aumenta maravillosamente las Riquezas de Dios

Los redimidos en el cielo cantan: «Tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra» (Ap. 5:9, 10). El cántico expresa maravillosamente el hecho de que los salvos, en su conjunto, son la posesión de Dios, un pueblo adquirido, que es de su propiedad exclusiva (1 Pe. 2:9; Tit. 2:11). Claro está que no queremos decir que esta riqueza adquirida por medio de la cruz signifique un incremento de la gloria esencial de Dios, porque es infinito en todo. Sin embargo, las Escrituras afirman que, al redimir a la Iglesia, Dios ha ganado un instrumento eficaz para la revelación de su gloria, puesto que aun ahora, en este período en que vivimos, la función de la Iglesia no se limita a testificar en la tierra, sino, según Efesios 3:10, 11, existe «para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales». Ante tal pensamiento, ¡que se eleve nuestro espíritu por encima del polvo de nuestra jornada de hoy, hermanos! Por medio nuestro los principados de los lugares celestiales han aprendido hoy algo de la rica diversidad de la sabiduría de nuestro Dios. ¡Que nuestro corazón vuele, pues, por encima de las estrellas para morar al abrigo del trono de Dios el Omnipotente, quien se digna ser nuestro Padre por medio de su Hijo!

EL SIGNIFICADO DE LA CRUZ PARA CRISTO

Para Cristo y para Dios la cruz es la expresión suprema de la autoridad de Dios

Al iniciar su misión redentora en el mundo el Hijo exclamó: «¡Heme aquí para que haga, oh Dios, tu voluntad!», y la entera sumisión a la voluntad divina le hizo ser «obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (He. 10:7; Flp. 2:8; Ro. 5:9). En vista de que el Hijo, igual al Padre en esencia y gloria, se sometiera a la voluntad divina, es evidente que todo otro ser tendrá que rendirse ante la autoridad del trono celestial.

La cruz en grado supremo deleita el corazón de Dios

Debiéramos pensar siempre en primer término en lo que es la cruz para Dios mismo, teniendo en cuenta el simbolismo del holocausto del primer capítulo de Levítico que era «ofrenda encendida, olor suave a Jehová». Fue preciso, ante todo, que Dios quedara satisfecho por medio del gran acto de obediencia de su Hijo, y por eso Pablo, recogiendo el lenguaje levítico, nos declara que Cristo «se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante» (Ef. 5:2).

La cruz es la base de una manifestación especial del amor de Dios para con su Hijo

El amor que une al Padre con el Hijo en el seno de la Deidad ha de ser necesariamente perfecto en su eternidad, pero tal fue el agrado del Padre ante la entrega voluntaria del Hijo, que ésta produjo una manifestación especial de amor y de aprobación: «Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida para volverla a tomar» (Jn. 10:17).

Para Cristo personalmente la cruz es el camino a la diestra del trono como el Dios-Hombre triunfador

La posición esencial del Hijo es «en el seno del Padre» (Jn. 1:18), pero habiendo aceptado la misión de redimir al hombre caído y en cumplimiento de ella se encarnó, llegando a ser el «Hijo del hombre»: el campeón de la humanidad que libra la batalla contra Satanás. En la cruz ganó la victoria, derrotando al enemigo por el hecho de anular el pecado y agotar la muerte. Así pudo ascender a la diestra de la Majestad en las alturas (lugar de todo poder ejecutivo) revestido de la doble gloria de su divinidad esencial e inalienable, unida ya con la gloria que adquirió como el hombre vencedor (Jn. 1:18; Flp. 2:6-11; He. 2:9; 8:1).

Por la cruz Cristo se posesionó de su Iglesia redimida

Por haber pasado a través de la muerte, no se halla ya solo como «el grano de trigo», sino acompañado de los suyos, gozándose en el fruto abundante de la cruz en victoriosa glorificación (Jn. 12:24). Sólo así pudo alcanzar el gozo que le fue propuesto y ser hecho perfecto como el autor y consumador de la fe; sólo así pudo ser el «primogénito entre muchos hermanos», la Cabeza de los innumerables miembros del Cuerpo, adquiriendo aquella Iglesia que es «su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo» (He. 2:10; 12:2; Ro. 8:29; Ef. 1:22, 23)

Ciertamente Cristo, como persona divina, no pudo ganar nada por medio de la cruz, ya que su gloria eterna era infinita. El hombre glorificado a la diestra del Padre no posee más divinidad ahora de la que era suya en la eternidad, antes de encarnarse, sino que pide al Padre la renovada manifestación de la misma gloria: «Padre, glorifícame tú para contigo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (Jn. 17:5). En cambio, como Redentor y el «postrer Adán», Cristo ha ganado una nueva exaltación, teniendo ya un nombre que es sobre todo nombre, en el cual se doblará «toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra» (Ro. 5:12-21; 1 Co. 15:45; Flp. 2:9, 10).

La cruz, para nosotros personalmente, es la expresión más sublime del amor de Dios

Pablo se deleita en contemplar este amor revelado en la cruz: «Del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí»… «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Gá. 2:20; Ef. 5:25). Cristo ha hecho que su muerte agonizante en la cruz sea la bendita fuente de nuestra vida. ¡He aquí la respuesta de su amor redentor a nuestra rebeldía y odio! Por tal medio, la victoria aparente de Satanás se convirtió en una derrota tremenda y decisiva, a la vez que la aparente derrota de Cristo llegó a ser su victoria suprema, manifestación de su poder infinito (cp. Jn. 4:9, 10; Ro. 5:6-8).

EL SIGNIFICADO DE LA CRUZ PARA NOSOTROS

El aspecto individual

Para el cristiano, como individuo, la cruz encierra un doble significado: por una parte, es la base de su justificación, por la que se arregla su vida pasada frente a la justicia de Dios; y por otra, es el fundamento de su santificación, por la que se gobierna su vida presente según la voluntad de Dios.Pero ahora Cristo, por el cumplimiento de la ley en la cruz, ha derribado la pared intermedia de separación, reconciliandonos con Dios. La base de la justificación

Preciso era que nuestros pecados fuesen cargados sobre el Fiador, quien debió llevarlos como sustituto en lugar de otros, a fin de que éstos, habiendo muerto al pecado, viviesen luego a la justicia (Is. 53:6; 1 Pe. 2:24; He. 9:28; 2 Co. 5:21). De la forma en que la ruina del hombre se produjo por un solo acontecimiento histórico —el de la Caída—, así también tuvo que ser levantado de su postración por el Fiador mediante un solo suceso: el acto de justicia del Gólgota (cp. Gn. 3 con Ro. 5:18). En Romanos 5:18 Pablo emplea la voz griega dikaioma que indica un hecho justo, y no la palabra más corriente dikaiosune que significa la calidad de la justicia o de la rectitud.

La naturaleza esencial del pecado es la rebeldía, que conduce indefectiblemente a la separación de la criatura del Creador como fuente de vida y, por consiguiente, resulta en la muerte del pecador. Obviamente, la expiación ha de corresponder a la naturaleza del pecado y, por lo tanto, el Redentor debió sufrir la sentencia de la muerte para poder efectuar la restauración de la vida. He aquí el significado de la declaración: «Sin derramamiento de sangre no se hace remisión» (He. 9:22). Solamente por medio de tal muerte pudo el Redentor anular el poder de quien tenía el imperio de la muerte, es a saber, el diablo (He. 2:14). En la sabiduría eterna de Dios hubo esta necesidad: que la misma muerte, el gran enemigo de los hombres, llegase a ser el instrumento de su salvación, y que aquello que era tanto el resultado como el castigo del pecado se convirtiera en camino para redimir al hombre de su pecado (1 Co. 15:56; Ef. 2:16).

Pero se desprende de todo ello que la muerte de Cristo es «la muerte de la muerte», según la figura de la serpiente de metal en el desierto, ilustrándose el mismo hecho por la manera en que David mató a Goliat con la misma espada del gigante (Nm. 21:6, 8; cp. Jn. 3:14; 1 Sa. 17:51; He. 2:14).

He aquí la lógica de la salvación, que se arraiga profundamente en el plan divino de la redención, siendo irrecusable y demoledora frente a todos los orgullosos ataques de la incredulidad. La «teología de la sangre» —según la despectiva frase de los enemigos de la cruz— que tiene a Cristo crucificado como su centro, permanece inconmovible como nuestra roca de salvación (He. 9:22; 1 Co. 2:2; Gá. 3:1). Para muchos, ciertamente, es piedra de tropiezo, roca de escándalo y señal que será contradicha, pero para lo redimidos es «la piedra viva, elegida, preciosa», el fundamento inamovible de su fe (1 Pe. 2:4, 6, 8; Is. 28:16; Sa. 118:22). Esta piedra está puesta «para caída y levantamiento de muchos», o según la figura de Pablo en 2 Corintios 2:15, 16, es «olor de muerte para muerte» en el caso de algunos, pero «de vida para vida» tratándose de otros. Para los judíos es tropezadero y para los griegos locura, pero no por eso deja de ser «potencia de Dios y sabiduría de Dios» (Lc. 2:34; 2 Co. 2:15, 16; 1 Co. 1:18, 23, 24).

La cruz es la base de la santificación para los salvos

Cristo el Señor murió en la cruz para que nosotros fuésemos salvados de la cruz. Esta afirmación subraya la parte negativa y judicial de su muerte, o sea la liberación que fue provista por el Gólgota. Desde otro punto de vista, Cristo murió en la cruz con el fin de que fuésemos asociados con Él allí, lo que nos incluye en el significado de su muerte a los efectos morales de una vida santa, y eso señala la obligación del Gólgota. Nosotros somos «plantados juntamente» con el Crucificado, siendo vinculados orgánicamente a la «semejanza de su muerte» (Ro. 6:5). Todo eso es otra manera de expresar las enseñanzas del Maestro en los evangelios: que somos discípulos que llevamos su cruz en pos de Él o, según otra figura, somos granos de trigo a semejanza de Cristo mismo, sabiendo que no llegamos a vivir espiritualmente sino a través de la muerte (Mt. 10:38; Jn. 12:24, 25). Así somos llamados a participar en lo que era la fundación de nuestra redención, o sea, de la muerte, que no por ser tenebrosa deja de ser preciosa.

Según Gálatas 2:20 hemos sido «crucificados con Cristo» y por eso:

- El mundo alrededor está muerto por medio del Crucificado, pues por la cruz el mundo está crucificado a nosotros, y nosotros a Él (Gá. 6:14).

- El mundo dentro de nosotros, es decir, nuestra carne, ha sido crucificada igualmente en la cruz, según la afirmación de Pablo: «sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue juntamente crucificado con él… a fin de que no sirvamos más al pecado» (Ro. 6:6, 11).

- El mundo debajo de nosotros ha sufrido una derrota total por medio de la cruz, de forma que Pablo pudo declarar que Cristo, «despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz» (Col. 2:15, cp. Gn. 3:15).

- El mundo encima de nosotros se ha convertido en una esfera de gracia y de bendición, ya que ha sido abolida la maldición de la ley, siendo clavada en la cruz, de modo que el creyente puede exclamar: «Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios» (Gá. 2:19).

El pecador vivía bajo la amenaza de la ley, pero ahora Cristo ha cumplido su fatídica sentencia en su lugar, muriendo por medio de la ley (Gá. 4:4; 3:10). Por este cumplimiento total de la sentencia de la ley, ésta ya no puede levantar acusación alguna contra Él, como representante de la raza, a la manera en que el hombre ajusticiado pierde toda relación con la autoridad que le condenó a la muerte. Cristo, pues, está muerto a la ley. Ahora bien, el creyente en Cristo tiene su parte en la misma experiencia de Cristo por el hecho de su identificación con Él, resultado de la fe verdadero, y por ende, él también ha muerto a la ley y vive ya en la libertad de su unión vital con Aquel que fue levantado de entre los muertos (Ro. 7:4).

El aspecto colectivo

Por medio de la cruz se abre ante la humanidad un régimen nuevo en el que vemos:

- La anulación del poder de la ley, que crea una nueva situación interna.

- La admisión de todas las naciones a la esfera de la salvación que ha creado una nueva situación externa.

- El triunfo universal del Crucificado que ha creado una nueva situación universal.

La anulación del poder de la ley

En la vida interior del creyente la cruz significa el cumplimiento y la abolición de todos los sacrificios levíticos y, por lo tanto, la abolición de la ley levítica en general, porque los sacrificios eran la base de la función sacerdotal, de la forma en que esta lo era de la ley misma (He. 10:10, 14; 7:11, 18). Así por la cruz, Cristo llegó a ser fin de la ley, como también Fiador de un pacto nuevo y mejor por medio del cual los llamados «reciben promesa de la herencia eterna» (Ro. 10:4; Mt. 26:28; cp. He. 7:22; He. 9:15-17), pero siendo disuelto el sacerdocio levítico, ha pasado también el primer tabernáculo, se ha rasgado el velo del templo, el camino al lugar santísimo está expedito y todo el pueblo de Dios se ha transformado en un reino de sacerdotes espirituales (He. 9:8; Mt. 27:51; He. 10:19-22; 1 Pe. 2:9; Ap. 1:6).

Lo antedicho no obsta a que la ley siga cumpliendo su función de dar el conocimiento del pecado a los hombres, siendo buena en sí, y necesario freno en un mundo de impíos (1 Ti. 1:8-11; Ro. 3:20; 7:12).

La admisión de todas las naciones en la esfera de la salvación

No sólo ha perdido la ley su poder interior, en la vida de los creyentes, sino que ha cesado de ser barrera entre Israel y las naciones. Hasta el momento de cumplirse la obra de la cruz, la ley que actuaba de ayo para conducir a Israel a Cristo (Gá. 3: 24) constituía una valla que separaba al pueblo hebreo de los demás pueblos del mundo (Ef. 2:14). Por eso las naciones se hallan sin ley y extranjeras a los pactos de la promesa, lo que producía una tensión entre ambas partes: una especie de enemistad en los anales de la salvación que impedía que aquellos «de lejos» se acercasen a los otros «de cerca». Pero ahora Cristo, que es nuestra paz, por el cumplimiento de la ley en la cruz, ha derribado la «pared intermedia de separación, reconciliando a ambos pueblos, no sólo entre sí, sino también con Dios, formando las dos partes un solo cuerpo, que es su Iglesia» (Ro. 2:12; Ef. 2:11-22).

Vemos que el cumplimiento de la ley por la muerte de Cristo ha roto el cerco de la ley mosaica (cp. Gn. 12:3; cp. Gá. 3:13, 14), ensanchando así la esfera de la salvación, que no se limita ya a las fronteras de Israel sino que abarca todos los pueblos del mundo. El camino de la cruz fue en extremo angosto y angustioso, pero conduce a una esfera sumamente amplia, que incluye a toda alma sumisa, y así pasamos de la estrechez del período de la preparación hasta la universalidad del cumplimiento del plan de salvación: «Y yo, dice Cristo, si soy exaltado de dentro de la tierra, a todos traeré a mí mismo» (Lc. 12:50; Jn. 11:52; 12:32, trad. lit.).

El triunfo universal del Crucificado

La declaración del Señor en Juan 12:31 es de gran importancia y debiera leerse como en la Versión Hispano-Americana: «Ahora hay un juicio de este mundo; ahora será echado fuera el príncipe de este mundo». Cristo profirió estas palabras en la sombra de la cruz, cuando pronto había de consumarse el triunfo de Aquel que murió: el triunfo que había de despojar de sus armas a los principados de las tinieblas y destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte. Fue en vista del «juicio de este mundo» y la derrota del «príncipe» que Cristo pudo dar su grito triunfal al expirar: «¡Consumado es!» (Jn. 12:31, 32; Col. 2:14, 15; He. 2:14; Jn. 19:30).

En cuando a la derrota de Satanás vemos:

- La potencia para ella brota de la obra de la cruz (Jn. 12:31).

- Su realización y manifestación necesitarán un proceso por el que el «hombre más fuerte» atará «al fuerte» (Mt. 12:29).

- Su consumación será absoluta y final (Ap. 20:10).

Es importante notar que la Escritura emplea el verbo «levantar» en sentido doble cuando se refiere a la obra de la cruz, pues abarca no sólo el levantamiento en la cruz para morir, sino también el ser exaltado hasta la diestra de la Majestad de las Alturas, estando íntimamente relacionados estos dos aspectos. El Crucificado es también el Coronado, y es necesario que sea echado fuera el príncipe usurpador y antiguo de este mundo para que tome posesión de sus dominios el nuevo monarca legítimo. Los dos aspectos se pueden estudiar en los siguientes pasajes: Juan 3:14; 8:28; 12:32; Filipenses 2:8-11, y Hebreos 2:9.

No debe extrañarnos, pues, que la tierra temblara cuando el Señor murió o que el sol rehusara dar su luz (Mt. 27:52; Lc. 23:44-45), porque en la cruz de Cristo Dios pronunció su ¡No! frente a toda manifestación del pecado (Jn. 12:31). De igual forma, la tierra será conmovida en el día cuando sea juzgada. Al mismo tiempo, se cubrirá de vergüenza el sol, la luna no dará su luz y palidecerán las estrellas, y los cielos y la tierra huirán de la presencia de Aquel que se sentará sobre el gran trono blanco (Hg. 2:6; He. 12:26, 27; Is. 24:23; Ap. 20:11).

Pero entonces, por la transmutación de los elementos del antiguo mundo material, «siendo abrasados», como dice el apóstol Pedro, surgirá un mundo nuevo y glorioso. Al final de los tiempos, pues, el mundo también experimentará su «muerte» para pasar inmediatamente a su «resurrección» sobre la base de la muerte y la resurrección de Cristo, y así amanecerá su «mañana de Pascua» por el poder transformador de Dios. He aquí el significado profético del oscurecimiento del sol y del estremecimiento de la tierra en el momento de la muerte del Redentor.

Cristo, el grano de trigo (Juan 12:20-33)

Mucho de lo que antecede se resume en la figura de Cristo como «el grano de trigo que cae en tierra y muere».

- Fue «echado en tierra» gracias a su amor de Redentor en el primer Viernes Santo.

- Su tallo abrió paso por la tierra en el Domingo de la Pascua, orientándose hacia el cielo.

- Su tallo dorado penetró los cielos en el día de la Ascensión.

- Su espiga se llenó de multitud de granos en la era indicada por el día de Pentecostés.

La cruz desde la eternidad hasta la eternidad

- La cruz en la eternidad. La cruz es un pensamiento eterno de Dios, pusto que el Cordero fue «conocido ya, de cierto, antes de la fundación del mundo» (1 Pe. 1:20).

- La cruz en el pasado. Es el hecho histórico llevado a cabo en la consumación de los siglos y asociado con los nombres de Getsemaní, Gabatha y Gólgota (He. 9:26).

- La cruz en el presente. «Cristo crucificado» es el tema único y fundamental de la predicación del evangelio, como también norma para la vida del creyente «muerto con Cristo» y que desea vivir «semejante a él en su muerte» (1 Co. 2:2; Gá. 2:20; 6:14; Flp. 3:10).

- La cruz en el porvenir. Será el Salvador que murió en la cruz coronado de espinas, colocando así la piedra fundamental de su propio reino, quien gobernará gloriosamente como Rey en el reino mesiánico visible (Flp. 2:8-11).

- La cruz en la gloria del cielo. El hecho de la cruz será el tema de las alabanzas de los redimidos, y «en medio del trono» se verá un «Cordero como inmolado». Los apóstoles del Cordero tendrán su parte en el fundamento de la ciudad eterna (Ap. 5:6-10; 21:14).

Porque Jehová ha hablado -- Allan Roman

Spurgeon y la Biblia IV

Septiembre 10, 2009 by Allan Román
Allan Román

Allan Román

Pocas personas han notado la importancia de la predicación bíblica de Spurgeon, y puesto que hay un abundante material con el que podemos ejemplificar su interpretación y exposición de la Escritura, nos limitaremos a aquellos sermones que pueden listarse bajo la categoría de “Biblia” o “Palabra de Dios”, que enfatizan la completa confianza de Spurgeon en la Biblia como un libro inspirado y como la Palabra de Dios con autoridad, divinamente revelada y registrada por medio del ministerio del Espíritu Santo.

Spurgeon entendió que su oficio era “predicar a Cristo” en el Tabernáculo Metropolitano, entonces, vamos a recurrir naturalmente a un sermón que expone el respeto que Cristo sentía por la Biblia y, en especial, por las Escrituras del Antiguo Testamento, la Biblia de nuestro Señor en aquel entonces.

En un sermón predicado el 27 de Marzo de 1887, titulado “Jesús rehusó a las legiones”, expuso lo siguiente acerca de la infalibilidad de la Biblia: “Si las Escrituras fueran solamente los escritos de unos hombres, no habría necesidad de que fueran cumplidas. Si sólo fuesen unas expresiones falibles de algunos hombres buenos, no veo una particular necesidad de que fueran cumplidas… las Escrituras eran evidentemente la Palabra de Dios para nuestro Señor Jesucristo. Nunca las toma a la ligera ni difiere de ellas, ni tampoco predice que desaparecerán… Él creía en el origen divino de las Escrituras y también en su infalibilidad… en efecto, Él dice: “Moriré antes que alguna Escritura no vea su cumplimiento”.

Hablando del “valor inapreciable” de las Escrituras, comentó en el mismo sermón: “El Libro del Destino es una lectura cruel, pero el Libro de la Ordenación Anticipada está lleno de frases encantadoras, y nosotros elegimos gozosamente que sean cumplidas las líneas tomadas de ese Libro que están escritas en la Biblia… Amados hermanos, valoremos las Escrituras en la medida en que Cristo lo hizo”.

Quizá su más grandioso sermón sobre la infalibilidad de la Escritura es uno que lleva precisamente ese título, predicado el 11 de Marzo de 1888, y el texto utilizado es: “Porque la boca de Jehová lo ha dicho”. Nuevamente aquí llamó la atención a la manera en la que Jesucristo consideraba a la Palabra de Dios: “Independientemente de la manera en que pueda ser tratado este libro hoy en día, no fue tratado desdeñosamente, ni negligentemente, ni cuestionablemente por el Señor Jesucristo, nuestro Dios y Maestro. Es digno de notarse cómo reverenciaba la Palabra escrita… Él citaba continuamente la Ley y los Profetas, y los Salmos; y siempre trató a los sagrados Escritos con una intensa reverencia, en un claro contraste con la irreverencia del “pensamiento moderno”.

La creencia de nuestro Señor en la autoridad de la Escritura era la garantía que Spurgeon tenía para exponerla de esta manera: “No sentimos ningún imperativo de exponer ni de aplicar lo que ha sido dicho por los hombres… y no deberíamos tener un motivo justificable para predicar durante toda nuestra vida, si no tenemos este mensaje: “La boca de Jehová lo ha dicho”.

Spurgeon afirmó de la siguiente manera su propia “absoluta fidelidad” a la Palabra de Dios: “Nosotros repetimos la Palabra como un niño repite su lección. No nos corresponde a nosotros corregir la revelación divina, sino simplemente ser su eco. Yo no considero que mi oficio consista en presentarles pensamientos nuevos y originales de mi propio peculio; mas mi oficio consiste en decirles: “La palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió”.

En ese mismo sermón describió a la Biblia diciendo que tiene una “dignidad única”, “absoluta certidumbre”, y una “fijeza inmutable”. Lo resumió todo con estas palabras: “Este libro es inspirado como ningún otro libro es inspirado, y ya es tiempo de que todos los cristianos confiesen esta convicción… si nos dejaran la duda en cuanto a qué parte es inspirada y qué parte no lo es, nuestra situación sería tan grave como si no contáramos del todo con la Biblia”.

En el sermón titulado: “Jehová ha hablado: ¿y no quieren escuchar?”, predicado el 4 de Noviembre de 1883, Spurgeon declaró: ‘Lo que he escrito, he escrito’. “Él no cambia Su Palabra, mas Su palabra permanece aunque el cielo y la tierra pasen. No estamos viviendo en un período de revelación gradual, como algunos imaginan: Jehová ha hablado, y no abre Su boca una segunda vez. Él ha cerrado el canon de la Escritura con una maldición sobre aquél que le agregue o le quite a las palabras del libro de esta profecía que Jehová ha hablado. No tienen que seguir haciendo descubrimientos de una nueva verdad fuera de la Escritura; su deber radica en recibir diligentemente el testimonio completo del Señor nuestro Dios”.

Recibamos con diligencia el testimonio completo del Señor, aun en aquellos puntos que resultan aborrecibles para nuestra carne.

"Bienaventurado el hombre que siempre teme a Dios." Proverbios 28:14
El temor del Señor es el comienzo y el fundamento de toda verdadera religión. Sin un solemne temor y reverencia de Dios, no hay un asidero para las virtudes más resplandecientes. Aquel hombre cuya alma no adora, no vivirá nunca en santidad.

Feliz es quien siente un temor celoso de no hacer el mal. El santo temor se fija, no únicamente antes de saltar, sino incluso antes de moverse.

Tiene un temor de errar, temor de descuidar su deber, temor de cometer pecado. Teme las malas compañías, la conversación liviana, y las tendencias cuestionables. Esto no hace desdichado al hombre, sino que le trae felicidad. El sentinela vigilante es más feliz que el soldado que se duerme en su puesto. Quien anticipa el mal y huye de él, es más feliz que quien sigue adelante descuidadamente y es destruido.

El temor de Dios es una gracia tranquila que conduce a un hombre a lo largo de una calzada selecta, de la cual está escrito: "No habrá allí león, ni fiera subirá por él."

Temer la simple apariencia del mal es un principio purificador que capacita al hombre, por medio del poder del Espíritu Santo, a mantener sus vestiduras inmaculadas de cualquier mancha del mundo. En ambos sentidos el que "siempre teme" es hecho feliz.

Salomón había probado tanto la mundanalidad como el santo temor: en el uno encontró vanidad, en el otro felicidad. No repitamos su experimento, sino que debemos ajustarnos a su veredicto.

Meditación
Charles H. Spurgeon

La Importancia De Amar A Nuestros Enemigos --David Wilkerson

La Importancia De Amar A Nuestros Enemigos
(The Importance of Loving Your Enemies)

Por David Wilkerson
3 de julio de 2000
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Si usted dice no tener enemigos, me gustaría hacerle una oferta. Deseo contratarlo para que escriba un libro explicando como usted ha llegado tan lejos en esta vida sin tener aunque sea una sola persona que este en contra suya. Su libro seguramente ha de ser un éxito editorial.

Usted podría describir como nadie ha estado jamás celoso, envidioso u hostil hacia usted. Podría explicar como nadie ha tratado de interrumpir sus planes, dañar sus metas o desviar su futuro. Usted podría decir como jamás nadie le ha hecho daño, lo ha alejado de su deseo, o tramado una ofensa contra usted.

No deseo ser frívolo o sarcástico. Pero, el hecho es, que estas cosas son las que hacen que alguien sea su enemigo y cada uno de nosotros hemos tenido por lo menos una de estas experiencias.

Claro esta, cada cristiano enfrenta un enemigo en Satanás. Jesús nos dice que él es el enemigo que siembra la cizaña en nuestras vidas. (Ver a Mateo 13:39). Del mismo modo, el apóstol Pedro nos advierte sobre Satanás: “Sed sobrios y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8).

Sin embargo, Jesús lo dice bien claro que no tenemos porque temer al diablo. Nuestro Señor nos ha dado todo poder y autoridad sobre Satanás y sus fuerzas demoníacas: “He aquí, les doy poder para hollar serpientes y escorpiones, y todo poder sobre el enemigo; y nada les hará daño” (Lucas 10:19). Cristo declara que la batalla con Satanás ya ha sido ganada. Tenemos poder dentro de nosotros mismos para resistir cualquier treta del diablo para devorarnos.

Deseo que nos enfoquemos en nuestras tribulaciones con enemigos humanos – oponentes de carne y sangre, personas que viven o trabajan a nuestro lado. Ustedes ven, cuando Pedro usa la palabra “devorar,” la palabra griega significa “tratar de tragarte de cualquier forma de un solo bocado.” Pedro esta hablando sobre un tema singular – una batalla, tribulación o tentación – que puede tragarte y llevarte a depresión, miedo o desánimo.

Usted puede testificar de haber obtenido una gran victoria en Cristo. Puede haber resistido exitosamente todas las tentaciones y deseos viles, toda la lujuria y materialismo; todos los amores de este mundo. Pero, al mismo tiempo, usted puede ser devorado por una lucha continua con un enemigo humano. Alguien que se ha levantado en contra suya – manifestando envidia y amargura, mal interpretando sus acciones y motivos, dañando su reputación, oponiéndose a usted en cada esquina, buscando destruir el propósito de Dios en su vida.

El ataque de esta persona hacia usted le ha robado su paz. Usted ha tenido que pasar tiempo precioso explicándose a usted mismo y defendiendo sus acciones. Y después de un tiempo, el conflicto comenzó a consumir sus pensamientos, costándole a usted muchas noches de insomnio. Ahora usted ve que esto esta afectando a su familia, sus relaciones, hasta su propia salud física.

Si esto le describe a usted, entonces usted ya ha sido devorado por un enemigo – ha sido tragado por una tribulación que le trajo su adversario humano.


El Antiguo Testamento parece apoyar nuestras
esperanzas secretas que Dios juzgará
a nuestros enemigos


La ley del Antiguo Testamento pide venganza – ojo por ojo, diente por diente. Este mensaje parece ser “Tú viste lo que mi enemigo me hizo, Señor. Ahora, persíguelo.”

Es fácil para nosotros entender esta actitud según aprendemos sobre los enemigos horribles de Israel. El grito de guerra de los egipcios era “Yo perseguiré, lo venceré y dividiré su tesoro; mi venganza será satisfecha sobre ellos; sacaré mi espada, mi mano los destruirá.” (Éxodo 15:9). Y Dios era fiel para vengar a Israel de sus enemigos: “Soplaste con tu viento; los cubrió el mar; se hundieron como plomo en las impetuosas aguas (15:10). “Extendiste tu diestra; la tierra los tragó.” (15:12).

Puedo escuchar a algunos cristianos decir: “Eso es lo que deseo que Dios haga a mis enemigos. Que los derribe y se los trague. Después de todo ellos me han hecho como los egipcios le hicieron a Israel. Ellos me han perseguido, me han cegado y me han vencido. Así que tengo bases bíblicas para pedirle a Dios que los sople lejos de mí.”

Sin embargo, si tratamos de tomar consuelo en la forma en que se trataba a los enemigos en el Antiguo Testamento – aun nuestros enemigos que no están salvos – nos ponemos otra vez bajo la esclavitud de la ley.

David hizo unos comentarios fuertes sobre sus enemigos. Él le rogó a Dios “Se avergonzarán y se turbarán mucho todos mis enemigos; se volverán y serán avergonzados de repente. (Salmo 6:10). Él estaba diciendo: “Persíguelos, Señor – no permitas que duerman, por lo que ellos me hicieron a mí.”

“Porque no me afrentó mi enemigo, lo cual habría soportado; ni se alzó contra mí el que me aborrecía, porque me hubiera ocultado de él; sino tú, hombre, al parecer íntimo mío, mi guía y mi familiar; que juntos comunicábamos dulcemente los secretos y andábamos en amistad en la casa de Dios.” (Salmo 55:12-14).

David decía en esencia, “Si este hubiera sido cualquier persona ordinaria, no hubiera sido tan grave. Pero era mi amigo íntimo y hermano y todo esto era muy difícil de sobrellevar.”

Creo como muchos estudiosos de la Biblia que el amigo que traicionó a David fue Ahitofel, su consejero y confidente. Estos dos hombres buscaban la opinión del otro en cada situación de su vida. Cada vez que David iba a la casa de Dios a adorar, Ahitofel estaba a su lado, actuando como un oráculo de Dios a David. Y David compartía su corazón abiertamente con Ahitofel, pensando que este era un amigo espiritual.

Sin embargo, este mismo Ahitofel – que parecía tan sabio y espiritual, sin engaño tan dedicado a David y a su causa – de repente fue en contra del rey, y se hizo su enemigo. De hecho, Ahitofel se puso tan amargamente en contra de David que trató de poner personas en contra de él. Tanto así, que reclutó a Absalón, el propio hijo de David, en un plan para matarlo.

David se quejó, “Los dichos de su boca son más blandos que mantequilla; pero guerra hay en su corazón; suaviza sus palabras mas que el aceite, mas ellas son espadas desnudas.” (Salmo 55:21). Lo que él decía era: “Yo pensé que Ahitofel era mi amigo. Hablaba tan piadosamente, me decía lo que era mejor para mí. Pero entonces enterró un puñal en mi espalda.

Esa terrible traición hizo que David siempre estuviera mirando por encima de su hombro. Él dijo: “Todos los días ellos pervierten mi causa; contra mí son todos sus pensamientos para mal. Se reúnen, se esconden, miran atentamente mis pasos como quienes acechan a mi alma.” (Salmo 56:5-6). David gemía, “Ellos velan cada movimiento mío, esperando para engañarme.”

De ese dolor terrible, depresión e ira, David clamó impetuosamente: “Deja que la muerte los acose, y deja que ellos bajen hasta el Seol: porque su maldad esta en sus aposentos, y entre ellos” (55:15). Él decía, en otras palabras, “Mata a este traidor, Señor. No dejes que viva sus días. Envíalo al infierno por lo que me ha hecho.”

Y así, mientras David decía esto, él se representaba como inocente. El testificaba, “Yo buscaré al Señor…en la tarde, en la mañana, al medio día, oraré (55:16-17). David decía, “Señor, tu sabes que he hecho todo para agradarte. No he tocado a este hombre – pero él se ha vuelto en mi contra. Él mismo se ha hecho mi enemigo.”

Estas son las palabras del mismo rey santo que lloró cuando su enemigo asesino, Saúl, fue muerto en batalla. David desgarró sus vestidos en tristeza y llamó a sus amigos para que ayunaran y oraran, llorando, “Un gigante de Israel ha caído. Saúl era un hombre precioso de Dios.” Sin embargo, ahora, David, dijo de Ahitofel, su amigo previo, “Mátalo Dios y mándalo al infierno rápido.” Entonces justifico su actitud diciendo, “Soy un hombre de oración. Estoy siempre de rodillas”

¿Cuántas veces nosotros los cristianos somos como David? En nuestro horrible dolor y depresión, clamamos santurronamente, en justicia propia, contra nuestros enemigos, “Señor, no los dejes vivir ni un solo día más.”


¿Ha sentido usted alguna vez la traición
de un amigo íntimo?


Quizás conozca a alguien que una vez le dijo a todo el mundo cuanto le amaba a usted. Pero entonces, zing – ese amigo le entierra un puñal en la espalda. Él se fue en su contra y ahora busca herirle a usted.

Puede que usted este separado o divorciado de su pareja y ahora su cónyuge esta apuñalándolo. En un tiempo usted estaba convencido que su cónyuge le amaba y respetaba. Estuvo a su lado en el altar, jurando ser suyo(a) por el resto de sus vidas. En esos primeros días, sus palabras eran tiernas y amorosas, y usted pensó, “Estamos tan unidos. Él (ella) es mi mejor amigo(a).”

Pero ahora, él (ella) le ha abandonado, quizás por otra persona. Y ahora le reprocha – le habla palabras suaves mientras que a espaldas suyas, trata de destruirle. Usted se duerme llorando, pensando, “Yo pensé que le conocía. ¿Cómo pudo cambiar de esta forma?”

A lo mejor, su enemigo es un amigo íntimo y personal – quizás un asociado en el ministerio o un compañero de trabajo cristiano. En un tiempo, este amigo parecía santo y sincero; y usted confiaba en él. Pero, de repente, sin ninguna razón aparente, se volvió en contra de usted. Usted no hizo nada para que se volviera en su contra. De hecho, aunque él le sigue haciendo daño, usted se ha mantenido amistoso. Todavía, usted no puede creer el veneno que él le inflige a otros sobre usted – mentiras, palabras hirientes, manipulaciones. Y la herida duele aun más profundamente porque esa persona era su amiga.

Algunos lectores preguntaran, ¿Esas cosas realmente suceden en el cuerpo de Cristo? No se como esto puede ser cierto de un cristiano”. Me entristece decirlo, todo esto es cierto.

Yo conozco a un piadoso hombre de negocios que fue invitado a servir en la junta directiva de una organización cristiana. En su primera reunión se sorprendió de la política y las peleas que él mismo vio. Me llamo, sorprendido y confundido, preguntando: “¿Esto sucede en cada ministerio? Yo espero que esto suceda en el mundo de los negocios pero me disgusta lo que vi y escuché entre estos hombres. No pueden sentarse en el Espíritu de Cristo y resolver sus desacuerdos.”

Le digo que es imposible ser verdaderamente santo sin una obediencia total a lo que el Señor nos ordena que nos amemos unos a los otros. Jesús les dijo: “Toda la ley se cumple en esto — Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón y a tu prójimo como a ti mismo.” (Ver Mateo 22:37-40). Ciertamente, Dios prueba nuestro amor por él por el amor que mostramos a nuestros hermanos y hermanas cristianas. “Si alguno dice: Yo amo a Dios y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1 Juan 4:20).

Usted puede cantar alabanzas a Dios en la iglesia, puede servir comida a los desamparados – pero si usted carga un solo resentimiento contra cualquiera, su amor por Dios es en vano. La escritura dice que si usted guarda mal en su corazón hacia otra persona, usted es un verdadero hipócrita en los ojos de Dios.

Amar a aquellos que nos han herido no es una opción, sino una orden. “Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a los otros, como nos lo ha mandado.” (1 Juan 3:23). “Esto os mando: Que os améis unos a otros” (Juan 15:17).

Usted podrá protestar, “Señor, yo te serviré, te exaltaré, te adoraré y me sacrificaré por ti – pero no esperes que yo deje de sentirme herido. Si tú entendieras la profundidad de este dolor que he pasado, no me ordenarías que hiciera esto. Esta muy afuera de mis habilidades.”

No – esta dentro de su habilidad de poder hacerlo. Jesús dice que él nos ha dado poder a todos sobre el enemigo. Su Santo Espíritu nos da el poder para perdonar, aun cuando hemos sido profundamente heridos.

Usted ve, como miembros del cuerpo de Cristo, debemos reaccionar de acuerdo a las directrices que nos ha dado nuestra cabeza, Jesús. Piense en esto: ni un solo dedo de su mano se mueve, ni su párpado pestañea, sin que sea dirigido por su cerebro. Así, que si Cristo es nuestra cabeza, entonces todos sus miembros deben moverse de acuerdo a sus pensamientos. Y él ha expresado claramente su pensamiento sobre este asunto: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.” (Efesios 4:32).

¿Esta usted actuando de acuerdo a la sabiduría de Cristo? ¿O se ha convertido usted en su propia cabeza, independiente de él? ¿Ha perdonado usted a sus enemigos en amor, así como Jesús le ha perdonado a usted? ¿O usted todavía guarda rencor o resentimiento haciendo que sus pecados se vayan amontonando en contra suya?


Tengo un fuerte aceite de castor
espiritual para usted.


A menudo, el orden de Dios de amar a nuestros enemigos parece medicina amarga y con sabor horrible. Pero, así como el aceite de castor que yo tuve que tragar cuando joven, es medicina que sana. Muchos cristianos no están dispuestos a tomar de esta medicina. La ven expresada en las escrituras pero raramente responden a ella. Ellos se sienten justificados en despreciar a sus enemigos.

Jesús establece claramente: “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;” (Mateo 5:43-44).

¿Estaba Jesús contradiciendo la ley aquí? De ninguna manera. Él estaba revocando el espíritu de la carne que había entrado en la ley. En ese tiempo los judíos solo amaban a otros judíos. Un judío no podía darle la mano a un gentil o tan siquiera permitir que su manto rozara con la ropa de alguien que no era judío. Pero este no era el espíritu de la ley. La ley era santa e instructora. “Si el que te aborrece tuviere hambre, dale de comer pan; y si tuviere sed, dale de beber agua; porque ascuas de fuego amontonaras sobre su cabeza y Jehová te lo pagará.” (Prov. 25:21-22).

Jesús también se refirió a la ley del Antiguo Testamento en referencia a heridas y golpes. El dijo: “Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente, pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra.” (Mateo 5:38-39).

Bajo la ley de Moisés, cualquiera que causara un daño debía ser compensado en la misma manera – herida por herida, golpe por golpe. Sin embargo, esto no podía ser así bajo el ministerio de gracia de Cristo. Verdaderamente, la orden de Jesús que amáramos a nuestros semejantes también incluía aun a nuestros enemigos.

Usted preguntará, “¿Debemos amar a personas malas, – doctores que practican abortos, políticos sin escrúpulos, homosexuales que proclaman que Jesús era homosexual? ¿Acaso la Biblia no establece que debemos estar en contra del pecado y que debemos con toda nuestra fuerza resistir a los malos?” Si, lo dice. Pero debemos resistir las obras malas de esta gente sin odiar a su persona.

Usted deseará declarar la oración de David: “¿No odio, oh Jehová a los que te aborrecen, y me enardezco contra tus enemigos? Los aborrezco por completo; los tengo por enemigos.” (Salmo 139:21-22). Aun así, hasta David finalmente descubrió el espíritu grato de la ley. Él aprendió que es posible odiar a lo maligno en alguien sin odiar a la persona. Él escribió: “…Aborrezco la obra de los que se desvían;…” (Salmo 101:3). “…he aborrecido todo camino de mentira” (119:104). “La mentira aborrezco y abomino;” (119:163).

Considere el ejemplo de Jesús. Él enfrentó la combinación del mal en todo poder significante de sus días – oficiales de gobierno, líderes políticos y eclesiásticos. Todos ellos se hicieron enemigos de Jesús, formando barreras malignas contra él. Aun en la cima de su dolor, al borde mismo de la muerte—Jesús oró, “Padre, perdónalos” (Lucas 23:34).

Esteban tuvo todo el derecho de resistir a los que le apedrearon. Él pudo haber apuntado el dedo a aquellos líderes corruptos y pudo haber dicho: “Los veré el día del juicio. Ustedes no se saldrán con esto. Dios va a castigarles por este pecado.” Pero, en vez de eso, Esteban siguió el ejemplo de Jesús. Él oró, “Señor, no les tomes en cuenta este pecado.” (Hechos 7:60).

Cuando Miriam se levantó para quejarse en contra de su hermano, Moisés, ella cometió un pecado digno de muerte. Y Dios fue fiel para vengar a Moisés, dándole lepra a su hermana. Sin embargo, Moisés no se regocijó por el sufrimiento de Miriam. Se entristeció su corazón y le rogó a Dios que la sanara: “Te ruego, oh Dios, que la sanes ahora.” (Núm. 12:13).

Pablo fue halagado por hipócritas quienes luego le insultaron, abusaron, y vituperaron. Gente de todos lo espectros opusieron a Pablo – políticos perversos, sociedades enteras, y sodomitas romanos, que le odiaban por oponerse a sus practicas homosexuales. Hasta iglesias se levantaron en contra de él. Maestros airados, celosos de las revelaciones que recibía Pablo, se burlaban y le citaban equivocadamente. Otros le acusaban de manejar mal el dinero.

No se equivoque – Pablo odiaba el pecado de ellos. Sus traiciones le entristecían y él hablo en contra de su maldad. Pero nunca dejo de amarles o de orar por sus almas. Él testificaba: “… nos maldicen y bendecimos; padecemos persecución y la soportamos. Nos difaman, y rogamos;” (1 Cor. 4:12-13). Pablo seguía el ejemplo de Jesús. Así como Pedro escribió de Cristo, “quien, cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; (1 Pedro 2:23).

Podemos odiar las acciones inmorales de aquellos que están en el gobierno. Podemos odiar los pecados de los homosexuales, los abortistas y todos los que odian a Cristo. Pero el Señor nos manda a amarles como personas – personas por las cuales Jesús murió. Y él nos manda a que oremos por ellos.

Muchas veces, sin embargo, hacemos chistes a expensa de ellos. Yo he contado y me he reído de muchos chistes acerca de nuestro Presidente. Creo que su posición sobre el aborto en el último término es una abominación en los ojos de Dios y hace que mi sangre hierva. Pero eso no me excusa a mí de tomar seriamente su alma eterna. Si en cualquier momento yo aborrezco a una persona en vez de los principios detrás de esa persona, entonces yo no estoy verdaderamente representando a Cristo.

Yo creo que el nombre de Jesús ha sido deshonrado por la manera que muchos cristianos han reaccionado a los hacedores de maldad. Hemos injuriado a aquellos por los cuales debemos estar orando. Los que se llaman creyentes han bombardeado las clínicas de aborto, han asesinado a doctores abortistas, y han sacudido sus puños a marchantes homosexuales. Nada de eso es el Espíritu de Cristo. Nuestro poder esta sobre nuestras rodillas, no en sacudir nuestros puños o rebajarnos con juicios airados.


Ahora vamos a hablar de esos enemigos
dentro de la iglesia.


¿Cómo debemos reaccionar hacia cristianos que se han hecho enemigos nuestros? Jesús nos manda a amarlos, haciendo tres cosas: 1. Bendiciéndolos. 2. Haciéndoles bien. 3. Orando por ellos. “…Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen y orad por los que os ultrajan y os persiguen;” (Mat. 5:44).

Revisemos nuestras vidas a la luz de estas tres cosas para ver si estamos siendo obedientes a Cristo, nuestra cabeza:

“Bendecid a los que te maldicen.” ¿Qué, exactamente, quiere decir bendecir? La palabra griega bendecir aquí implica, “hablar solo lo que es bueno y edifica, en voz alta, con la boca.” No tan solo debemos pensar cosas buenas de nuestros enemigos, sino que también debemos decirlas abiertamente.

Ciertamente, yo he fallado en este mandato. Recuerdo en una ocasión cuando alguna gente que yo amo mucho se levanto en contra mía, persiguiéndome y reprochándome. Fue el peor dolor que yo he sufrido, consumiendo mis pensamientos día y noche. Cada vez que tenía la oportunidad, yo me desahogaba con cualquiera que me quisiera escuchar.

Un día una pareja muy querida en el ministerio nos invitó a mi esposa, Gwen y a mí a almorzar. Tan pronto nos sentamos, comencé a desahogar mi pena y carga sobre ellos. Les conté cada detalle de mi dolor – cada mentira que fue dicha, y todas las heridas que habían sido infligidas. Esa pareja nunca supo lo que les había tocado. Una hora más tarde se fueron aturdidos. Cuando mire a Gwen, vi desaliento en sus ojos. Ahí fue cuando me di cuenta – yo había hablado todo el tiempo.

Supe después que esta pareja querida estaba sufriendo – y esa era la razón por la cual estaban desesperados por reunirse con nosotros. Sin embargo, yo nunca les pregunte como estaban. Ellos no pudieron decir ni una palabra – y se fueron vacíos, secos y sin edificar. Si tan solo yo hubiera obedecido el mandamiento de Jesús de bendecir a mis perseguidores hablando bien de ellos, esta pareja pudo haber sido bendecida. Al contrario, se fueron entristecidos en su espíritu.

“Haz bien a aquellos que te odian.” ¿Qué quiere decir que hagas bien a aquellos que se nos oponen? El significado en griego implica “honestidad mas recuperación.” Jesús esta diciendo en esencia, “Haz todo en tu poder para conseguir la sanidad de tu enemigo y su recuperación de la trampa de Satanás. Sabes que lo que esta persona te está haciendo es maligno. Pero tu enfoque no debe estar en tu propio dolor sino en el engaño del alma de tu enemigo.”

En realidad, Cristo nos esta ordenando a visualizar la condición de la condenación del alma de nuestros perseguidores. No debemos consolarnos pensando que Dios algún día va a vengarse de sus pecados en contra de nosotros. Al contrario, debemos orar por ellos. Debemos tratar de derribar cualquier pared que les pueda condenar y poner delante todo esfuerzo para construir un puente hacia ellos.

Jesús prometió, “A quienes remitieres los pecados, le son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos.” (Juan 20:23). “Remitir” significa olvidar totalmente, renunciar, poner a un lado. Claro que nadie puede remitir los pecados de alguien contra Dios. Solo Cristo puede hacer esto, a través de su obra en la cruz. Pero podemos remitir aquellos pecados que han sido cometidos contra nosotros. Jesús esta diciendo, “Si tú remites ese pecado contra ti, yo lo remitiré en el cielo. Perdonare a tu enemigo por ti.”

“Ora por los que te usan y te afrentan.” Vemos esta orden ilustrada en las responsabilidades del sumo sacerdote. Primero, la ley requirió que un sacerdote hiciera el sacrificio y lo pusiera en el altar, para tratar con el pecado de la gente. Y segundo, el sacerdote debía orar por la congregación y actuar como intercesor de ellos.

Este trabajo sacerdotal fue demostrado en la cruz. Jesús hizo ambas cosas: Primero, hizo un sacrificio por el pecado con su propio cuerpo. Luego, oró por el perdón de la gente, incluyendo a sus propios perseguidores.

Y ahora mismo, Cristo esta intercediendo por sus enemigos. “Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, Jesucristo el justo.” (1 Juan 2:1). Jesús es un abogado aun para aquellos que te han perseguido y abusado. Así, que si él esta intercediendo por sus almas, ¿cómo puedes seguir siendo su enemigo? Es simplemente imposible.


¿Cuán importante es perdonar y bendecir
a nuestros enemigos?


Pablo escribe, “Dejad lugar a la ira de Dios” (Ro. 12:19). En resumen, él esta diciendo, “Sufre lo malo que te hagan. Ríndelo y sigue adelante. Ten vida en el Espíritu.” Pero si rehusamos perdonar las heridas que nos han hecho, tenemos que encarar las siguientes consecuencias:

  1. Nos haremos mas culpables que la persona que nos hirió.
  2. La misericordia y gracia de Dios hacia nosotros serán cortadas. Entonces, según las cosas comienzan a marchar mal en nuestras vidas, no entenderemos porque estamos en desobediencia.
  3. Las vejaciones de nuestro perseguidor contra nosotros continuaran robando nuestra paz. El se convertirá en el triunfador, teniendo éxito en darnos una herida permanente. Y se irá riéndose mientras nosotros continuamos hirviendo en ira.
  4. Porque Satanás triunfa en llevarnos a pensamientos de venganza, podrá entonces dirigirnos a pecados de mortandad y cometeremos transgresiones mucho más terribles que estas.

El escritor de los Proverbios aconseja, “La cordura del hombre detiene su furor, y su honra es pasar por alto la ofensa.” (Prov. 19:11). En otras palabras, debemos hacer nada hasta que nuestra ira haya pasado. No debemos hacer una decisión o dar seguimiento a cualquier acción mientras estamos airados.

Además, traemos gloria a nuestro padre celestial cuando ignoramos heridas y perdonamos los pecados hechos a nosotros. Cuando hacemos esto nuestro carácter se edifica. Ya hemos leído que si reaccionamos como Jesús lo hizo, “Jehová te lo pagará.” (Prov. 25:22). Cuando perdonamos como Dios perdona, él trae revelación de favor y bendición como nunca hemos conocido.

La Depresion de Elias y la cura de Dios

La depresión - La causa y la curación




INTRODUCCIÓN: Elías significa «Jehová es Dios». Hasta 1 Reyes 18.46 todo era victoria para Elías al servir a Jehová. Sin embargo, era «hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras» (Stg. 5.17). La depresión que sufrió el profeta ofrece muchas lecciones para el siervo de Dios.




I. FACTORES QUE PRODUCEN LA DEPRESIÓN


a) FRUSTRACIÓN (19.1). Elías deseaba tanto un avivamiento, pero comenzando con la resistencia del rey y la reina, sentía que se bloqueaba el gran movimiento de Dios. La frustración siempre aumenta cuando viene después de una gran victoria.

b) FOBIA – TEMOR (19.2). Elías desafió a 450 profetas de Baal, y los mató; sin embargo, su vigor se secó ante la ira de una sola mujer.

c) FRENAR LA VISIÓN (19.3). Su visión había sido el avivamiento de todo Israel, pero ante el peligro personal no pudo pensar más allá de su propia vida.

d) FATIGA (19.4). Un día antes Elías había recorrido 36 km. delante del carro del rey Acab desde Hermón hasta Jezreel (18.46) y huyó también todo el día siguiente.

e) FRACASO PERSONAL (19:4). Ayer Elías era el profeta frente a la nación, hoy se da cuenta de que es un hombrecillo atemorizado ante una amenaza. En Elías había una dualidad: decía que quería morir, pero huyó de Jezabel para salvar la vida. El sentimiento de vergüenza causado por el fracaso complica seriamente la depresión.


II. LO QUE DIOS NO HIZO


a) Dios no quitó la fuente de dificultad (Jezabel y el avivamiento apagado).

b) Dios no resolvió la depresión de la noche a la mañana. Elías caminó 40 días meditando su problema. Dios toma tiempo para tratar con sus hijos.

c) Dios no obligó al profeta a cambiar sus pensamientos, ni le ofreció soluciones fáciles.


III. LO QUE DIOS HIZO (Pasos hacia la curación de la depresión)


a) Dios le dio descanso (19.5-6). Es lo que primero necesita una persona deprimida.

b) Dios le dio comida (19.6). Con esta comida Elías se fortaleció. Lo que ingerimos es importante, ya que el cuerpo es templo del Espíritu Santo.

c) Dios le dio ánimo (19.7). Al decir el ángel que Elías tenía un viaje que emprender, no pudo menos que indicarle que aún tenía un futuro por delante, que Dios no había terminado con él. Eso hizo brotar una nueva fe en el profeta hacia Dios. Debemos animar a la persona deprimida con esperanza verdadera y bíblica.

d) Dios le hizo recordar el pasado glorioso (19.8). Grandes cosas habían acontecido en el Monte Horeb. Y allí, mientras Elías meditaba en ese pasado, Dios pregunta por su salud espiritual: «¿Qué haces aquí, Elías?» En su respuesta, Elías tuvo que contrastar el pasado valiente que había experimentado con su actitud presente de hombre desesperanzado. A la vez, Elías se consideraba indispensable en la obra de Dios (19.10), pues creía que sin él la causa de Jehová estaría muerta; ¡pero si era necesario, Dios tenía 7.000 para reemplazar a Elías! (19.18). El Señor le hizo enfrentar el verdadero problema: su orgullo personal.

e) Dios hizo que se reconsiderara a sí mismo y su ministerio (19.11-14). Dios todavía lo amaba y quería revelarse a su profeta. Elías pensaba más en su obra frustrada, pero Dios consideró de mayor importancia la persona de Elías. Era como decirle: «Elías, lo que eres es más importante que lo que haces».

f) Dios le dio nuevas metas y la promesa de un futuro (19.15-18). Al deprimido hay que asignarle tareas que quiten de su mente la depresión del fracaso. «Anda», dice el Señor, «para ungir a dos reyes y para escoger a tu compañero y sucesor. Todavía tengo trabajo para ti».


CONCLUSIÓN: Esta historia de Elías nos enseña que nadie tiene que quedar sujeto a depresión, sino que Dios puede cambiarnos y encomendarnos tareas importantes.

Fuente : www.desarrollocristiano.com

POSTRADO EN TIERRA -- CH Shaw

Una de las imágenes más estremecedoras que nos ofrecen las Escrituras es la de Job, postrado en tierra, exclamando «bendito sea el nombre del Señor» (Job 1.21). La figura postrada nos recuerda otras escenas similares en los relatos bíblicos, la de Isaías ante el trono de Dios, la de los magos ante el pequeño Jesús, la del siervo injusto ante el Rey, la del ciego ante el Hijo del Hombre o la de Juan ante Aquel que vive por los siglos de los siglos. Podría también referirse a un momento en la vida de cualquiera de los miles de héroes de la fe que han adornado, con su santidad, la historia del pueblo de Dios.El hombre «postrado en tierra» nos produce incomodidad. Nuestra espiritualidad, restringida a horarios específicamente apartados para esta actividad. Lo que le añade un dramatismo sin igual a esta escena no es el acto en sí, sino el contexto que rodea esta expresión de adoración. En el lapso de un solo día una violenta confabulación de eventos arrasó con todo lo que Job conocía —riquezas, comodidades, familia y prestigio— y convirtió su mundo en una soledad amarga, vacía y desolada. Los sabeos arrasaron con su bueyes y mataron, a filo de espada, a sus criados. Cayó fuego del cielo y consumió sus ovejas, junto a los pastores que las cuidaban. Los caldeos atacaron y se llevaron sus camellos, y asesinaron también a los criados. Un viento huracanado volteó la casa en que estaban sus hijos ehijas y, cayendo sobre ellos, les quitó la vida.

¿Cómo puede un hombre soportar semejante devastación sin caer en la demencia absoluta? Imaginamos que la agonía y el desconsuelo lo hundieron en un tormento que lo dejaron desorientado, incapacitado aun para las tareas más sencillas de la vida cotidiana.

¿Qué es esto?

El relato del historiador, sin embargo, toma un giro inesperado: «Entonces Job se levantó, rasgó su manto, se rasuró la cabeza, y postrándose en tierra, adoró, y dijo: “Desnudo salí del vientre de mi madre Y desnudo volveré allá. El SEÑOR dio y el SEÑOR quitó; Bendito sea el nombre del SEÑOR.” En todo esto Job no pecó ni culpó a Dios». (1.20–22).

La respuesta de Job nos deja atónitos. El hombre «postrado en tierra» nos produce incomodidad. Nuestra espiritualidad, restringida a horarios específicamente apartados para esta actividad, no nos ha preparado para esta escena. ¿Acaso no son necesarios los músicos y una persona que dirija para que podamos «adorar»? Aun cuando nuestras experiencias de adoración nos conmuevan, la experiencia no nos despega de nuestros asientos. Algunos osados se ponen en pie, pero nadie se postra en tierra. Nuestro desconcierto con Job crece cuando recordamos cuán a menudo nos quejamos por las injusticias de la vida (siempre que se refieran a nuestra vida, claro está), con cuanta facilidad convertimos cada contratiempo y dificultad en una oportunidad para reclamarle a Dios una existencia más benigna.

Hacer silencio

Elifaz temanita, Bildad suhita y Zofar naamatita llegan a tiempo para rescatarnos de nuestra desorientación. Ellos, «cuando alzaron los ojos desde lejos y no lo reconocieron, levantaron sus voces y lloraron. Cada uno de ellos rasgó su manto y esparcieron polvo hacia el cielo sobre sus cabezas. Entonces se sentaron en el suelo con él por siete días y siete noches sin que nadie le dijera una palabra, porque veían que su dolor era muy grande» (2.12–13).

Imitemos a estos tres y acerquémonos al patriarca, postrado en el piso, con reverencia. Estamos en presencia de un santo. Si guardamos silencio es posible que el Espíritu descubra, ante nuestros ojos, el secreto de la devoción de Job.

¿Qué nos enseña el hombre que adora a Dios en medio de la calamidad? ¿Qué podemos aprender de su postura de entrega absoluta?

Rendirse

¿Por qué está postrado en tierra Job? Es un gesto que no pertenece a nuestro mundo. Las reverencias, las cortesías, inclinar la cabeza o levantar el sombrero pertenecen a un mundo anticuado, pasado de moda. La nueva cultura exige que trabajemos más en imponer que se nos respete que en tratar con respeto a los que comparten con nosotros la vida. En los tiempos de Job, sin embargo, el postrarse era una señal fácilmente reconocible como una acto de reverencia. Quienes lo observaban no guardaban dudas acerca de quién era el que recibía el honor y quiénes eran los que lo ofrecían.

Job, postrado en tierra, no deja duda alguna acerca de quién es Dios y quién es el creado. Echado en el piso proclama, para todos los que lo observan, que se encuentra en una posición de absoluta vulnerabilidad, de extrema fragilidad. Solamente la buena voluntad del Soberano podrá salvarlo de una muerte segura. No patalea, ni reclama. No demanda, ni exige. Entiende que no posee derechos, y por eso está rendido ante otro que es infinitamente mayor a él.

Volver a rendirse

Job no se postra solo. Trae consigo la multitud de preguntas que azotan su mente, que lo acosan con una furia inusitada. «¿Cómo pudo ocurrir esto? ¿Qué he hecho para merecer semejante injusticia? ¿Por qué Dios ha permitido que sucediera esto? ¿Por qué no me quitó también a mí la vida?» Estas interpelaciones atormentan porque el desconcierto, en un mundo que creíamos entender, es aún más doloroso que la crisis que vivimos.

Job rinde ante el Soberano el más profundo anhelo del ser humano, la necesidad de obtener una respuesta ante el atroz sufrimiento que nos trae vivir en un mundo caído. Entiende que entre su humanidad y el Alto existe un profundo misterio que ningún hombre puede penetrar. Los caminos del Soberano no son sus caminos, ni tampoco Sus pensamientos los pensamientos del postrado patriarca. Percibe que las respuestas no servirán para calmar su dolor; más bien darán lugar a nuevas y más insondables interrogantes. Prefiere no transitar por este camino, porque el consuelo que busca no es racional, sino espiritual. Al declarar que Dios es bueno está afirmando que Aquel que cuida de su vida sabe lo que está haciendo, aun cuando sus acciones sean incomprensibles a nuestros ojos. Echar mano de la vida

¿Qué es lo que cree este varón, postrado en tierra? «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. El SEÑOR dio y el SEÑOR quitó». No contabiliza la catástrofe como pérdida porque nada de lo que poseía era suyo. Reconoce su verdadera condición en la tierra, la de un peregrino que vive de prestado. Sus bueyes, sus ovejas y sus camellos eran prestados. Sus criados eran fiados. Aun sus hijos e hijas eran prestados. Llegó al mundo sin nada y así saldrá de él. Todo lo que logre disfrutar, en ese espacio intermedio entra la vida y la muerte, es pura dádiva del cielo.

Mas Job percibe algo más profundo. La figura más triste en este mundo es la persona que «gasta dinero en lo que no es pan, su salario en lo que no sacia» (Isaías 55.2). Él no perdió nada porque lo único que alguna vez había poseído es aquello con lo que llegó al mundo: la vida misma. Esta existencia, en su expresión más pura y absoluta, es lo que resulta cuando vivimos en presencia del Eterno. Lo podemos perder todo y aún conservar la vida. Ni siquiera pasar de este mundo al venidero puede quitarnos esta riqueza. Job sabe que todo lo demás —patrimonios, comodidades, familia y prestigio— pasarán, mas lo eterno perdura para siempre.

Volver a inclinarse

Postrado en tierra, Job exclama: «bendito sea el nombre del Señor». En una cultura obsesionada con la búsqueda del placer y la realización personal las palabras de Job suenan a blasfemia. Nos preocupa su autoestima, la negación en la que quizá se haya sumergido, las secuelas emocionales y psicológicas que puedan resultar de semejante catástrofe. Job, sin embargo, exclama: «bendito sea el nombre del Señor».

La raíz de la palabra bendecir es arrodillarse. Es decir, Job no solamente se postra de cuerpo, sino que su espíritu también se inclina ante el Señor. Desconoce nuestro hábito de mostrar una cara a los demás mientras, en lo secreto de nuestro interior, nos aferramos a una postura contraria. Bendecir es hablar bien del Señor, enumerar sus bondades, testificar de su misericordia. Es acomodar el corazón para que acompañe plenamente las acciones del cuerpo postrado.

Nos desconcierta la respuesta de Job porque generalmente bendecimos el nombre de Dios cuando todo marcha bien, cuando la vida nos sonríe, cuando abundan los buenos momentos, los amigos y los medios para vivir como nos gusta. En medio de las calamidades, sin embargo, la historia es otra. Nos sentimos tentados a decirle a nuestro espíritu, lo mismo que la esposa de Job le dijo al patriarca postrado: «¿Aún conservas tu integridad? Maldice a Dios y muérete» (2.9). No obstante, con una obstinación enervante Job insiste en señalar: «¿Aceptaremos el bien de Dios y no aceptaremos el mal?» (2.10). La más pura expresión de sus convicciones sigue siendo exclamar: «bendito sea el nombre del Señor».

Dejarse abrazar

¿Qué es lo que sostiene la fe de Job? Una convicción inamovible de que Dios es bueno. Se resiste a creer la mentira del diablo, instalada en el corazón del hombre desde del mismo momento de la caída, de que el Creador está actuando para perjudicarnos, que busca hacernos mal. Su testaruda declaración, «bendito sea el nombre del Señor», no tiene que ver con el horror de los hechos que se han producido en su vida. Mantiene su mirada fija en el corazón del Padre, un corazón que se derrama en amor por sus hijos. Job sabe que no puede haber contradicción entre los hechos y las intenciones de Dios, y por eso desconfía de sus propias interpretaciones al respecto. Al declarar que Dios es bueno está afirmando que Aquel que cuida de su vida sabe lo que está haciendo, aun cuando sus acciones sean incomprensibles a nuestros ojos. En esa convicción encuentra el descanso que tanto necesita. ¡Jehová verdaderamente es su pastor!«No temas. No te haré mal. Confía en mí, y yo te daré la vida en toda su plenitud» ¿Podremos nosotros?

Aunque Job postrado en tierra nos desconcierta, reconocemos en su postura una profundidad y una entrega que resulta fascinante por lo inusual que es en nuestras propias expresiones de devoción. Percibimos una intensidad de vida con Dios que despierta en nosotros un deseo por algo distinto en la manera en que vivimos al Señor. ¿Será que nos atreveremos a explorar este camino?

El Dios que acompañó a Job en el momento más negro de su vida es el mismo que, hoy, extiende sus manos hacia nosotros. Con infinita ternura nos exhorta: «No temas. No te haré mal. Confía en mí, y yo te daré la vida en toda su plenitud». Quizás, en un futuro no muy lejano, el postrarnos en tierra y declarar «bendito sea el nombre del Señor» ya no nos resulte tan extraño.

Dulce sera mi meditacion en El -- CH Spurgeon

El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano
Lo Dulce y Lo que Imparte Dulzura

NO. 2403
Un sermón predicado la noche del Domingo 6 de marzo, 1887
por Charles Haddon Spurgeon
En el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres.
Y también leído el 10 de Marzo, 1895.
"Dulce será mi meditación en él." Salmo 104: 34.

Sermones

Quienes estuvieron presentes en el servicio de esta mañana, saben que con todo mi corazón, y toda mi mente, y toda mi alma, y todas mis fuerzas, imploré a las personas que vinieran a Cristo. Si alguna vez en mi vida he sentido que he gastado cada partícula de mi energía, ciertamente lo sentí cuando terminé de predicar. Habría podido morir y dar por terminado mi ministerio después del testimonio que dí esta mañana. No sé de qué otra forma podría haber derramado mi ser entero, tan plenamente, con el ferviente anhelo de la conversión de mi prójimo. Pensé que no me sería posible manejar otro tema igual esta noche, con esa misma intensidad de tono. Sentí que no podría hacerlo. Por tanto me dije a mí mismo: "en vez de predicar, en vez de tener que hacer algo que me costaría mucho esfuerzo y me provocaría mucha tensión mental, voy a hacerme uno más del grupo, y voy a gozarme como cualquier otro miembro de la congregación. Voy a tomar un tema sobre el cual todos podamos meditar en calma, quiero decir, todos los que conocemos al Señor." Y me pareció que nada podría ser más adecuado que pensar en Él, que es el gozo de nuestro corazón; que meditar en Él, que es la fortaleza de nuestro espíritu; nuestro bendito Señor de Quien dice el texto: "Dulce será mi meditación en él."

Así que, entonces, en esta ocasión no voy a predicar. Simplemente voy a dirigir un poco la meditación de ustedes, meditando yo mismo también mientras ustedes meditan, actuando como un tipo de guía de ejercicios para dar el tono en el que, así confío, todos los que aman al Señor se unirán de corazón. ¡Que Dios el Espíritu Santo nos ayude a todos a meditar dulcemente sobre Aquél a Quien se refiere aquí el salmista!

Este Salmo 104 es muy maravilloso. Humboldt escribió un libro que tituló El Cosmos; esto es, el mundo. Y este Salmo es un Cosmos, es un mundo consumido por un incendio de alabanza. Es toda la creación, desde la cima de la montaña hasta el arroyo que reluce a través de los valles, alabando a Dios. He leído frecuentemente este salmo completo, cuando estoy en el bosque o en la ladera de una montaña; y cuando regresamos a casa después de una excursión en las montañas de Italia, dije a mis compañeros: "ahora vamos a leer el Salmo 104." Es el Salmo del naturalista, es el Salmo de la naturaleza vista por el ojo de la fe; y el que aprende a mirar correctamente a los mares y a las montañas, a las bestias y a las aves, al sol, la luna y las estrellas, ve a Dios en todas las cosas, y dice con el salmista: "Dulce será mi meditación en él."

Pero, amados, la redención es un tema más precioso para la meditación que la creación, pues sus maravillas son mayores. Yo puedo entender que Dios hiciera los mundos; pero que redimiera a los hombres de la ruina eterna, no puedo entenderlo. Que el Creador diseñara todas las cosas por la palabra de Su poder no es nada semejante a ese otro notable objeto de meditación: que ese mismo Creador, velado en carne humana, entregara Sus manos a los clavos de la cruz, e inclinara Su cabeza bajo el golpe de la muerte. Si la creación es maravillosa, la redención es un milagro más sublime, una maravilla en el propio centro de todas las maravillas.

El tema de la redención no es menos vasto que el tema de la creación. Ciertamente, la naturaleza es un tema muy amplio, desde la casi infinita grandeza que es descubierta a través del telescopio, hasta la maravillosa minucia que es percibida a través del microscopio. La naturaleza parece no tener límites; sin embargo, no es sino un fragmento comparada con la redención, donde todo es infinito, donde tienes que tratar con el pecado y el amor, la vida y la muerte, la eternidad y el cielo y el infierno, Dios y el hombre, y el Hijo de Dios encarnado por causa del hombre. Ahora se encuentran ustedes, verdaderamente, en medio de la sublimidad, meditando sobre la redención. El tema es vasto más allá de toda concepción.

Y permítanme agregar que el tema de la redención es tan fresco como el de la naturaleza. La naturaleza, es cierto, no envejece nunca. Desde el primer día del año hasta el último es siempre joven. ¿Acaso han visto ustedes que el océano parezca igual dos veces? ¿Vieron alguna vez el rostro de la naturaleza sin dejar de percibir allí alguna fresca belleza? Pues sucede exactamente lo mismo con la redención. La cruz no envejece nunca; la doctrina de Cristo crucificado es un manantial que brota por siempre con una frescura refulgente. Ni siquiera las edades eternas la agotarán. Cuando hayan pasado millares de años, esta vieja, vieja historia de la cruz, será siempre nueva.

Debemos agregar acerca de una meditación sobre la redención, que nos cala hasta lo más hondo. Me gusta pensar en las estrellas; pero, después de todo, podría ser feliz si las estrellas se apagaran. Me deleito al pensar en el rugiente océano; pero, si ya no hubiera más océanos, aun así podría regocijarme. Pero en la redención tenemos un interés vital y personal. No podríamos vivir como vivimos ahora; no podríamos vivir verdaderamente delante de Dios, si no hubiésemos sido redimidos con la sangre preciosa de Cristo. Los mares y los mundos pletóricos de estrellas no son nuestros de manera tan bendita, como Cristo es nuestro; y ninguno de ellos puede ser un bálsamo para el corazón y un gozo para el espíritu, como lo es Jesús, que nos amó y se entregó por nosotros.

Así que pienso que puedo decir, independientemente de cuán excelentes sean las meditaciones del naturalista (y entre más meditemos sobre la naturaleza será mejor, y yo quisiera que todos fuéramos instruidos según el orden de la verdadera ciencia, que trata con la propia naturaleza y no con teorías), sin embargo, si conocen aunque sea un poco de estas cosas en los que muchos se interesan de manera muy profunda, sus meditaciones sobre Dios pueden ser sumamente dulces. Si ustedes se circunscriben a los límites de la redención a través de Jesucristo, que de ninguna manera son estrechos, podrían decir: "Dulce será mi meditación en él."

Entonces, en primer lugar, hablaré sobre lo dulce: "Dulce será mi meditación en él." Luego hablaré de lo dulce como un endulzante, pues no solamente es dulce en Sí mismo, sino que imparte dulzura, esa dulzura que necesitamos en medio de las muchas amarguras de esta vida mortal.

I. Primero, entonces, hablemos de LO DULCE: "Dulce será mi meditación en él." "En Él," esto es, en el Bienamado del Padre, en el Bienamado de la Iglesia, en el Bienamado de mi propia alma; en Él que me amó, cuya sangre ha lavado mis ropas, y las ha tornado blancas. Meditar "en Él" es lo que es dulce; no simplemente en la doctrina acerca de Él, sino en Él, en Él mismo; "mi meditación en Él," no meramente en Sus oficios, y en Su obra, y en todo lo concerniente a Él, sino meditar en Su propio amado ser. Allí se encuentra la dulzura; y entre más nos acerquemos a Su bendita persona, más genuinamente nos habremos acercado al propio centro de la bienaventuranza.

Entonces es la "meditación en Él," lo que imparte dulzura. Hermanos, es muy deleitable oír acerca de nuestro Señor; estoy seguro que a menudo me he quedado embelesado cuando he oído lo que otras personas han dicho acerca de Él. Oír comentarios acerca de Él es muy dulce; pero eso no es lo que dice nuestro texto. Dice: "mi meditación en él." Cuando escucho de nuevo, en los ecos de mi corazón, lo que he oído con mis oídos; cuando, como el ganado, después de pacer el delicioso alimento, me acuesto para rumiarlo, igual que el ganado, "Dulce será mi meditación en él." Pensar de nuevo en lo que ya he pensado; repasar una y otra vez en mi alma, verdades con las que estoy felizmente familiarizado; que he tratado y probado muchas veces, y que vuelvo a probar y tratar de nuevo; al hacerlo, "Dulce será mi meditación en él." Entre más conozcamos a Cristo, más querremos saber de Él; y entre más dulce sea ya Cristo para nosotros, se tornará más dulce. Nunca podremos agotar esta mina de oro; entre más cavemos en ella, más se enriquece. "Dulce será mi meditación en él." No buscaré las resonantes frases del orador, ni anhelaré las profundidades del teólogo. Simplemente me sentaré y con mi humilde mente pensaré en lo que he oído y conocido, y especialmente en todo lo que he experimentado con mi Señor; y "Dulce será mi meditación en él."

Pero permítanme reflexionar un minuto en la palabra "mi": "Dulce será mi meditación en él." No es la meditación de alguien más que me es transmitida con posterioridad, sino mi propia meditación en Él, la que será dulce. Déjenme decirles, en lo relativo al vino de la comunión con Cristo, que nunca es tan dulce para un hombre como cuando él mismo pisa las uvas: "Dulce será mi meditación en él." Cuando tengan un texto, trituren su significado, "rumiando el pasaje," como decimos, hasta descubrir su alma; entonces lo entenderán y también lo gozarán. Hagan que la meditación de Cristo sea tanto su propio acto personal como su propia realidad; aférrense a Él y agárrense de Sus pies. Pongan su dedo en las huellas de los clavos, y basados en su propia experiencia digan: "¡Señor mío, y Dios mío!" Entonces no necesitarán que yo les diga cuán dulce es esa meditación, pues ustedes serán capaces de decir por ustedes mismos: "Dulce será mi meditación en él."

No importa, mi querido amigo, quién seas. Si perteneces a Cristo, tu meditación en Él será dulce. Tal vez tú seas una persona muy pobre y analfabeta, pero si Lo conoces, meditar en Él será dulce para ti. O puede ser que seas un hombre de vasta cultura y amplio conocimiento; pero estoy seguro que no hay nada en todo tu amplio acervo de lectura que sea comparable en dulzura a Él. La ciencia de Cristo crucificado encabeza la caravana de todas las ciencias. Este es el conocimiento más excelente frente al cual, cualquier otro conocimiento no es sino la ignorancia vestida con sus mejores galas. "Dulce será mi meditación en él," es decir, inclusive la mía, estando aquí en medio de ustedes, y la de ustedes sentados en esas bancas; y cuando se acerquen en breve a esta mesa de la comunión, yo espero que cada uno de los que meditan en Cristo podrá decir: "Dulce será mi meditación en él:"

Ahora, meditemos en Él por unos cuantos minutos; y, primero, meditemos en Su persona. Este Ser Bendito, verdaderamente presente entre nosotros hoy, es Dios y hombre. Meditemos en Su condición de hombre. Él es de una naturaleza como la tuya; con la única excepción del pecado, Él es un hombre como tú. Piensa en ello, y regocíjate que tenga una afinidad tan intensa contigo, y que tú tengas una afinidad tan intensa con Él. Él es tu Hermano, aunque Él es también el Príncipe de los reyes de la tierra. Él es tu Esposo, hueso de tus huesos y carne de tu carne, aunque Él es también "Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos." ¿Acaso no se encienden nuestros corazones de inmediato hacia el Hombre Cristo Jesús (llevó nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores), y no será dulce nuestra meditación?

Pero Él es también Dios, y como Dios, Él tiene todo el dominio y la autoridad en el cielo y en la tierra. Piensen, entonces, cuánto nos ha acercado a la Deidad; ahora no hay división entre un creyente y Dios, y Cristo ha construido un puente sobre el abismo que existía entre el Creador y la criatura. Uno habría pensado que este precipicio no podría tener un puente. Entre un Dios airado y un pecador puede haber reconciliación; pero entre un Creador y Su criatura, ¿qué vínculo de unión podría existir? No existiría ninguno si Cristo no se hubiera encarnado. Si Dios no hubiese tomado a la humanidad en unión Consigo mismo, nunca habríamos podido ser llevados tan cerca de Dios como lo estamos ahora. ¡Ángeles, quédense atrás! Ustedes no pueden acercarse tanto al trono como el hombre se ha acercado, pues fue hecho un poco menor que los ángeles, pero ahora, en la persona de Cristo, ¡está puesto en el lugar de dominio y honor, y hecho señor sobre todas las obras de las manos de Dios! Mi meditación en la divina persona de mi bendito Señor será dulce, ¿no es cierto? Yo solamente indico una atractiva perspectiva de deleite, por así decirlo; yo abro la puerta, y digo: "entra, amigo, encontrarás por ese camino buen alimento para la meditación."

Ahora, meditemos en la vida de nuestro Señor, pues esta meditación también será dulce. Supongan que tomo los cuatro Evangelios, y leo la historia de la existencia de mi bendito Señor, aquí entre los hombres. Bien, necesitamos meditar en ella, pues esa vida es mucho más de lo que los evangelistas pudieron escribir. La vida de Cristo contiene una maravillosa profundidad. El otro día estuve leyendo en voz alta el primer capítulo del Evangelio de Lucas, y trataba de comentarlo, y cuando llegué al fin de mi meditación, me dije a mí mismo: "si fuere confinado a ese único capítulo por una vida entera, no podría extraer toda su profundidad." Esa sencilla vida de Cristo, de Nazaret al Gólgota, es una vida de insondables profundidades; y entre más mediten en ella, más dulzura encontrarán. ¡Oh, piensen en Su identificación conmigo si soy pobre, pues Él padeció hambre; Su identificación conmigo si estoy cansado, pues Él, "cansado del camino, se sentó así junto al pozo;" Su identificación conmigo si tengo que enfrentarme palmo a palmo con el viejo enemigo para contender por mi vida; Su identificación conmigo si estoy sumido en la oscuridad y en valle de sombra de muerte, y tengo que clamar "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?"

Leída con el ojo de la fe, la historia completa de la vida de Cristo está llena de dulzura para la mente meditativa; pues, recuerden que, cuando contendía se volvió un conquistador, y en esto también seremos semejantes a Él, pues venceremos por medio de Su sangre. La fe en Él nos da la victoria; pisotearemos a Satanás bajo nuestros pies antes que la batalle esté concluida, de la misma manera que Él lo ha hecho. Mi meditación sobre Sus aflicciones, unida a mi meditación de Sus gozos finales, será sumamente dulce como una profecía que, si me someto, yo también conquistaré; y aunque sea abatido, mi abatimiento no será sino un medio para elevarme.

Ahora, aquí hay otro camino en el que pueden viajar sus pensamientos. "Dulce será mi meditación en él," especialmente cuando medito en Su muerte. La muerte de nuestro Dios y Señor debe ser el tema habitual de meditación del pueblo de Dios. Me temo que, en estos días, no pensamos lo suficiente en la cruz y en la pasión de nuestro Divino Redentor. Leo en los periódicos y revistas del "pensamiento moderno," escarnios acerca de nuestros "sensibles" himnos cuando cantamos acerca de nuestro Señor sobre el madero; y ellos quisieran que nos abstuviéramos de hablar acerca de Su sangre. Esas expresiones están "fuera de moda." Es algo "medieval" (creo que esa es la palabra) exponer a un Cristo que muere.

Ahora, fíjense bien, la fortaleza de la Iglesia de Roma sobre muchas mentes, ha descansado durante siglos en el hecho que mantiene prominentes los sucesos de la pasión y muerte de nuestro Señor. Aunque esa verdad acerca de Su cruz es a menudo pervertida, sin embargo tiene salvación en ella; y no dudo que muchos encuentran el camino a la vida eterna, aun en esa iglesia apóstata, por el hecho que Cristo crucificado es expuesto como una gran realidad.

Si alguna vez llegara a suceder entre nosotros, llamados protestantes, y entre quienes son llamados protestantes disidentes, que el grandioso hecho de la muerte de Cristo fuera considerado como un tipo de mito del cual se pudieran extraer ciertas doctrinas recónditas, pero del que en sí no se puede hablar, habríamos cortado el tendón de Aquiles de nuestra fortaleza, y habría desaparecido nuestro poder para bendecir a los hijos de los hombres. ¡Oh, denme la historia de la cruz, la verdadera historia! ¡Sí, que mis ojos contemplen las heridas de Jesús, cuando estoy inclinado ante el Crucificado! Su muerte fue un hecho literal, no un sueño fantasma; y así queremos sostenerlo, y queremos meditar sobre ello como el centro de todas nuestras esperanzas. "Dulce será mi meditación en él," es especialmente cierto de Cristo en la cruz del Calvario. Aquí contemplo la expiación consumada, la satisfacción ofrecida, la justicia honrada, la gracia expuesta, y el amor pugnando, sangrando, contendiendo, conquistando. En la muerte real de Cristo en la cruz, veo la seguridad de Sus elegidos a quienes Él ha comprado con Su preciosa sangre. Veo aquí el fin del reino del mal, la herida en la cabeza de la antigua serpiente. Veo la grandiosa roca sobre la que el reino de Dios es establecido sobre un seguro cimiento sellado con la sangre de Cristo. ¡Oh, santos, vayan y vivan en el Calvario! No se puede encontrar un mejor aire bajo la bóveda del cielo; y conforme se dilaten allí, su meditación acerca de su Señor será dulce.

Pero, ¿qué estoy diciendo? Pues dondequiera que contemplo al Señor Jesucristo, "Dulce será mi meditación en él." Síganlo en Su resurrección; contémplenlo en Su gloria presente. Mediten mucho sobre Su intercesión a la diestra de Dios. ¡Cuán seguros estamos porque Él vive por siempre para interceder por nosotros! Qué profecías de buenas cosas por venir están escondidas en la persona de nuestro grandioso Sumo Sacerdote ante el trono.

Piensen, también, en la gloria que está por revelarse. "He aquí que viene." Cada hora lo está trayendo más cerca. Lo veremos en aquel día; y aunque nos durmamos antes de que Él venga, sin embargo, a Su venida, levantará nuestros cuerpos del polvo y en nuestra carne veremos a Dios. Meditemos mucho en las glorias del Segundo Advenimiento de Cristo, en los esplendores trascendentes de nuestro Divino Conquistador, sabiendo que el trasfondo de Sus sufrimientos únicamente hace que Sus triunfos brillen con un mayor brillo. Mediten en estas cosas, entreguen enteramente sus mentes a ellas, y entonces gustarán la dulzura que allí habita.

Si ustedes que son hijos de Dios, no sienten que puedan transitar por cualquiera de esos caminos, quiero que busquen obtener dulzura de este pensamiento: "Él me ama." Creyente, debes decirte: "si no hay nadie más en el cielo o en la tierra que me ame, sin embargo, Jesús me ama. Jesús me ama; es casi inconcebible, pero es verdad."

II. Ahora vayamos a la segunda parte de nuestro tema, LO DULCE COMO IMPARTIDOR DE DULZURA: "Dulce será mi meditación en él."

Es decir, primero, que endulzará todas mis otras dulzuras. Les recomiendo a ustedes que son felices, a ustedes que están llenos de gozo, este bendito método de asegurar la continuidad de esa felicidad, sin que se vuelva empalagosa. Si ustedes tienen miel, y sus manos están llenas de miel, tengan cuidado en la forma de comerla, pues pueden comer miel hasta enfermarse; pero si ustedes tienen gran provisión de miel, mezclen en ella algo más dulce que la miel, y entonces no les hará daño.

Quiero decir, si Dios les ha dado gozo en su juventud; si han sido prosperados en los negocios y su casa está llena de felicidad; si sus hijos cantan alrededor de ustedes, si gozan de salud y riqueza y su espíritu danza de gozo, todo esto en sí puede cuajarse y estropearse. Agréguenle una dulce meditación en su Señor, y todo estará bien; pues es bueno gozar de cosas temporales cuando más gozamos de las cosas eternas. Si ponen a Cristo en el trono, para que gobierne sobre todas estas cosas buenas que ahora gozan, entonces todo irá bien. Pero si ustedes Lo destronan para subir en Su lugar todas estas cosas, entonces se tornan en ídolos, "Y quitará totalmente los ídolos." Si ustedes son verdaderamente Suyos, sufrirán gran pena por la caída de sus Dagones, pero eso ciertamente pasará.

Oh, personas joviales, felices, gozosas, yo quisiera que ustedes fuesen más numerosas; yo no condeno su gozo; quisiera ser partícipe de él; pero que el sumo gozo que tengan siempre sea "Jesucristo mismo." Si la ocasión de gozo es tu matrimonio, invítalo a la boda, pues Él convertirá el agua en vino. Si es tu prosperidad, invítalo al festival de la cosecha, y Él bendecirá tu granero y tu bodega, y hará que tus misericordias sean bendiciones reales para ti.

Pero, queridos amigos, no necesito decir mucho acerca de este punto, porque, al menos para algunos de ustedes, nuestros días propiamente dulces no son muy largos ni muchos. El consuelo es que, esta dulzura puede endulzar todas nuestras amarguras. Todavía no ha existido una amargura en la copa de la vida que una meditación en Cristo no pudiera vencer, convirtiéndola en dulzura.

Voy a suponer que en este momento estás experimentando pruebas personales de un tipo temporal. Hay muchísimas curas para los cuidados de esta vida que la filosofía podría sugerir; pero yo no les recomiendo nada de eso a ustedes. Yo prescribo la meditación en Cristo. Ya les he dado muchas sugerencias acerca de cómo las tristezas, las luchas y las conquistas de la vida de Cristo pueden ayudar a endulzar todos sus conflictos y sus luchas. Una comunión de media hora con el Señor Jesús quitará la agudeza de todas sus ansiedades. Entra en tu aposento, cierra la puerta, y comienza a hablar con el Varón de dolores y tus propios dolores pronto serán mitigados.

Si tú eres pobre, acércate a Él, que no tenía donde reclinar Su cabeza, y hasta parecerás rico cuando regreses a tu lugar en el mundo. ¿Acaso has sido despreciado y rechazado? Sólo mira a Aquél que fue escupido por los hombres, al que desecharon diciendo que no convenía que viviera, y sentirás como si jamás hubieras tenido verdadero honor, excepto cuando fuiste despreciado y deshonrado por causa de Cristo. Casi llegarás a sentir como si fuera un honor demasiado grande para ti, haber sido menospreciado por Su causa amada. Por Él, que soportó la vergüenza y los escupitajos y la cruel cruz por tu causa. Sí, el mejor endulzador de todas las tribulaciones temporales es una meditación en Cristo Jesús nuestro Señor.

Lo mismo sucede con todos los problemas que son producidos por tu trabajo y servicio cristianos. Yo no sé que ocurra con cualquiera de mis compañeros de labores aquí, pero puedo decir esto. Mi trabajo está rodeado de un gozo que los ángeles podrían envidiar; pero, al mismo tiempo, tiene también un dolor que yo no desearía que nadie conociera si estuviera solo. Predicar a Cristo, ¡oh, cuán bienaventurado es! Estaría contento de quedarme fuera del cielo por siete edades si siempre se me permitiera no hacer otra cosa sino predicar a Cristo a pecadores que perecen, si se me permitiera hablar del dulce amor de mi Señor, y de Su poder de salvar al culpable. Pero también está el dolor abrumador que se presenta a menudo, en la preparación de la predicación, por temor de no haber seleccionado el tema correcto, o no tener la justa condición del corazón para tratar el tema elegido. Agreguen a eso las ansiedades que se deslizan dentro de alguien que ocupa una posición como la mía. Estando donde estoy hoy, recordando muchas historias tristes, muchas esperanzas frustradas relativas a la condición de muchos aquí presentes, regreso a casa a veces deseando meterme en mi cama y no abandonarla nunca, por causa de mi terrible angustia por algunos de ustedes que, me temo, se perderán eternamente. Tan ciertamente como están aquí ahora, ustedes se perderán, a menos que se vuelvan a Cristo. Parece que nada podría salvarlos: súplicas, invitaciones, advertencias, oraciones, todo eso ha sido en vano. Todavía están sin Dios y sin Cristo; y si permanecen así, se perderán, y nosotros no podemos soportar ese pensamiento. No podemos soportar pensar que habiendo predicado, y advertido, y suplicado e invitado, todo eso termine en nada, excepto que los miraremos desde la diestra del Grandioso Juez, espiándolos entre aquellos a quienes Él dirá: "¡Apartaos de mí, malditos!"

Verdaderamente, hay un terrible dolor abrumador que nos viene cuando pensamos en estas cosas; y cuando vemos a algunos que corrían bien, desviarse; a algunos que sostenían la verdad, vituperar y negar esa verdad; a algunos que una vez predicaron la verdad, predicar luego los caprichos de la edad en lugar del Evangelio de todas las edades, entonces nuestro corazón se contrista. Pero, ¿entonces qué? "Dulce será mi meditación en él." Él es el mismo Dios sobre todo, bendito para siempre. Él es exaltado como Príncipe y Salvador. Jesús ciertamente salvará a los Suyos, y vencerá a todos Sus adversarios, pues "No se cansará ni desmayará, hasta que establezca en la tierra la justicia." Después que se diga y haga todo, no hay deshonra posible para Él. Es cierto que "Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz." Pero la cita termina diciendo: "Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre." Por tanto, mi meditación en Él, incluso en medio de las ansiedades del servicio cristiano, será sumamente dulce.

Sí, amados, y es exactamente lo mismo cuando abordamos las ansiedades relativas a su propia condición espiritual. Yo supongo que las personas muy buenas, "perfectas," con las que nos topamos algunas veces, o que escuchamos de ellas, nunca experimentan ese estado que yo a veces experimento; pero yo creo que muchos de ustedes se sienten a veces abatidos y aturdidos acerca de su propio estado espiritual. Sin importar si los hombres se rían o no, yo afirmo que muchos hijos de Dios han tenido que decir a la par de John Newton:

"Es un punto que anhelo conocer,
A menudo me causa ansioso pensamiento,
¿Amo al Señor o no?
¿Soy Suyo, o no?"

Me aventuro a decir que, puesto que esta fue la pregunta que el propio Señor le hizo a Pedro, no es inapropiado que nos hagamos esa misma pregunta. Cuando la oscuridad vela los cielos, y el espíritu se hunde, y prevalece más un sentido de pecado que la experimentación de la gracia divina, entonces ciertamente hay amargura; el mejor endulzador de las aguas de Mara es pensar en Cristo: "Dulce será mi meditación en él." Un Salvador del pecador, ¡oh, cuán dulce es Él, para un pecador como yo! Un Salvador que, aunque no creamos como deberíamos, permanece fiel. Cuán amado Salvador es Él para un creyente a medias que tiene que clamar; "Creo; ayuda mi incredulidad."

Déjame darte un pequeño consejo: no pienses en ti, sino que piensa en tu Señor; o, si piensas en ti, por cada ojeada que des a tu yo, da el doble de tiempo a Cristo. Entonces tu meditación en Él será dulce.

Así, queridos amigos, mientras vivamos, y cuando lleguemos a la muerte, nuestra meditación en Él será dulce. No quisiera que ustedes teman la amargura de la muerte, ninguno de ustedes, si confían en Jesús. Dios tiene un maravilloso poder de fortalecer nuestras almas cuando nuestros cuerpos se debilitan y desfallecen. Estoy seguro que algunos de mis queridos amigos nunca antes se encontraron en condición parecida en toda su vida, como cuando han sido marcados de manera evidente para la muerte. El mensajero ha venido, y, como dice John Bunyan, ha traído una "señal" oportuna para advertir al espíritu que, en breve, aparecerá en medio de los seres brillantes a la diestra de Dios. Y he visto el espíritu de esas personas tímidas volverse extrañamente valeroso, y el espíritu de los que estaban llenos de dudas, volverse singularmente seguro, justo en ese momento. El Señor se ha manifestado de una manera inusualmente llena de gracia hacia ese pobre corazón que bate sus alas. Y justo cuando la paloma estaba a punto de alzarse en su último y largo vuelo, sus ojos se fortalecían para ver el lugar al que debía volar, y toda timidez había desaparecido. "Dulce será mi meditación en él."

Cuando esté en mi lecho de muerte, cuando mi corazón y mi carne desfallezcan, cuando no tenga otra cosa en qué pensar sino en mi Señor y en la condición eterna, entonces los pensamientos sobre Él subirán las compuertas del río de la bienaventuranza, y dejarán entrar en mi corazón el gozo del cielo, y estaré ansioso por alzar el vuelo y partir. No temeré los dolores, ni los gemidos, ni la refriega de la muerte, de todo lo cual se habla mucho; pero la dulzura de "mi meditación en él" me hará olvidar la amargura de la misma muerte.

Habré concluido cuando les haya compartido un pensamiento más. Nuestro texto podría ser leído así: "Dulce será mi meditación para él." Vamos a descubrir la mesa de la comunión en breve; no deberán pensar en otra cosa sino en el cuerpo y la sangre de Aquél por cuya muerte vivimos. Confío en que esa meditación será muy dulce para ustedes; pero este hecho debe ayudarnos a hacer la meditación de tal modo que sea "dulce para Él." Jesús Se agrada que ustedes lo amen, y Se agrada que ustedes piensen en Él. Sé lo que ustedes han dicho a veces; recuerdo que una mujer cristiana una vez me dijo: "señor, a menudo he deseado poder predicar. Con frecuencia he deseado haber sido un hombre para predicar constantemente el Evangelio." No me sorprende; más bien me admiraría en verdad que no fueran muchos los que dijeran: "yo quisiera ser un misionero," o, "quisiera ser una poetisa, como la señorita Havergal, y cantar dulcemente a Cristo." Tal vez no puedan hacer nada de eso; pero pueden meditar en Cristo, ¿no es cierto? Y su meditación en Él será dulce para Él. Él se deleitará en su deleite en Él.

"Oh, pero yo no soy nadie," dirá alguno; "no soy nada." Te digo inclusive a ti, que tu meditación en Cristo, aunque parezca que no es muy profunda, aunque no puedas coordinar muy bien tus pensamientos; la meditación de tu corazón que anhela meditar en su Señor, y apetece conocer más acerca de Él, es muy dulce para Él.

Vamos, ustedes que son padres y madres, ustedes saben lo que sucede con sus pequeñitos; y ¡especialmente con ese bebé que apenas comienza a hablar! No ha emitido sino sonidos sin sentido hasta ahora, pero ustedes respetan esos ruiditos, ¿no es cierto? Es una maravillosa conversación la que sostuvo ese niñito suyo; pero ¿por qué tienen en un alto concepto las pequeñas expresiones y los pensamientos de su hijito? ¿No es acaso debido a que él es su hijo, que ustedes valoran tanto sus palabras? Bien, entonces, ustedes pertenecen a Cristo, y debido a que Le pertenecen, Él acepta sus meditaciones porque Él los acepta, y Se deleita incluso en sus pobres pensamientos incoherentes. Él sabe que si pudieran cantar como los serafines, lo harían; si pudieran servirle como lo hacen los ángeles, lo harían. Bien, si no pueden hacer eso, al menos pueden meditar en Cristo, y su meditación en él será dulce para Él. ¡Oh, entonces, mediten mucho en Él, y que Dios los bendiga, por Su amado Hijo! Amén.