NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACION - CH Spurgeon

MATEO 6 : 5 - 15
5 Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres;(B) de cierto os digo que ya tienen su recompensa.
6 Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta,(C) ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.

7 Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.

8 No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.

9 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.

10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.

11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.

12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.

13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria,(D) por todos los siglos. Amén.

14 Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial;

15 mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.(E)



El otro día estaba hojeando un libro de mensajes para jóvenes, y me encontré el bosquejo de un sermón que me pareció una joya perfecta. Lo voy a compartir con ustedes ahora. El texto es la oración del Señor, y la exposición está dividida en encabezados sumamente instructivos. "Padre nuestro que estás en los cielos:" un hijo lejos de su hogar. "Santificado sea tu nombre:" un adorador. "Venga tu reino:" un súbdito. "Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra:" un siervo. "El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy:" un mendigo. "Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores:" un pecador. "Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal:" un pecador en peligro de volverse un peor pecador. Los títulos son sumamente apropiados en cada caso, y condensan la petición con precisión.

Ahora, si recuerdan este bosquejo, notarán que la oración es como una escalera. Las peticiones comienzan en lo más alto y van descendiendo. "Padre nuestro que estás en los cielos:" un hijo, un hijo del Padre celestial. Ahora, ser un hijo de Dios, es la más elevada posición posible para el hombre. "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios." Esto es Cristo: el Hijo de Dios. Y el "Padre nuestro" no es sino la forma plural del propio término que Él mismo usa, cuando se dirige a Dios, pues Jesús dice: "Padre."

Mediante la fe nos atrevemos a colocarnos en una posición muy alta, llena de gracia, y exaltada, que ocupamos cuando con nuestra inteligencia decimos: "Padre nuestro que estás en los cielos." Damos un paso hacia abajo, al siguiente peldaño: "Santificado sea tu nombre." Aquí tenemos a un adorador que adora con humilde reverencia al tres veces santo Dios. El lugar del adorador es elevado, pero no alcanza la excelencia de la posición del hijo. Los ángeles ocupan la alta posición de adoradores, y con sus incesantes himnos santifican el nombre de Dios; pero ellos no pueden decir: "Padre nuestro," "porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: 'Mi Hijo eres tú'?" Ellos deben contentarse con estar un peldaño por debajo de la cima que no pueden alcanzar: pues ni por adopción, ni por regeneración, ni por unión con Cristo, son hijos de Dios. "¡Abba, Padre!," es para los hombres, no para los ángeles, y por tanto, la frase de adoración en la oración, es un peldaño colocado abajo de la frase inicial: "Padre nuestro."

La siguiente petición es para nosotros como súbditos: "Venga tu reino." El súbdito está ubicado abajo del adorador, pues la adoración es una ocupación elevada en la que el hombre ejercita un sacerdocio, y es visto en un estado humilde pero honorable. El hijo adora, y luego confiesa la realeza del Grandioso Padre.

Continuando el descenso, el siguiente peldaño es el del siervo: "Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra." Este es un nivel más bajo que el del súbdito, pues su majestad la Reina tiene muchos súbditos que no son sus siervos. No están obligados a atenderla en su palacio prestando un servicio personal, aunque la reconocen como su soberana honorable. Los duques y otros nobles de diversos rangos, son sus súbditos, pero no sus sirvientes. El sirviente está colocado un escalón más abajo que el súbdito.

Todos reconocerán que la siguiente petición proviene de un peldaño inferior, pues es la petición de un mendigo: "El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy;" de un mendigo que pide pan, alguien que mendiga a diario; alguien que tiene que apelar continuamente a la caridad para su sustento. Es muy conveniente que nosotros ocupemos ese lugar, ya que todo lo que tenemos, lo debemos a la caridad del cielo.

Pero hay un peldaño más abajo que el del mendigo, y corresponde al lugar del pecador. "Perdónanos" está más abajo que "danos." "Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores." Aquí también debemos situarnos todos nosotros, pues ninguna palabra se adecua mejor a nuestros labios indignos, que la oración "perdónanos." En tanto que vivamos y pequemos, debemos lamentarnos y clamar: "¡Señor, ten misericordia de nosotros!"

Entonces, en el peldaño inferior de la escalera está el pecador, temeroso de cometer un pecado todavía mayor, colocado en un peligro extremo y consciente de su debilidad, sensible al pecado pasado y temeroso del pecado futuro: óiganlo expresar, con labios temblorosos, las palabras de nuestro texto: "Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal."

Y sin embargo, queridos amigos, aunque he descrito la oración como un descenso, bajar equivale a subir en los asuntos de la gracia, como lo podemos demostrar fácilmente si el tiempo lo permite. De cualquier modo, el proceso de descenso en esta oración, puede describir muy bien el avance de la vida divina en el alma. La última frase de la oración contiene en sí una experiencia íntima más profunda, que su parte inicial.

Cada creyente es un hijo de Dios, un adorador, un súbdito, un siervo, un mendigo, y un pecador; pero no cualquiera percibe las tentaciones que lo asedian, ni tampoco su propia tendencia a someterse a ellas. No todo hijo de Dios, aun cuando tenga una edad avanzada, conoce plenamente el significado de ser metido en la tentación; pues algunos siguen una senda fácil y raras veces son zarandeados; y otros son bebés tan tiernos, que difícilmente conocen sus propias corrupciones.

Para entender plenamente nuestro texto, un hombre debería haber experimentado intensas escaramuzas en diversas luchas y haber combatido contra el enemigo de su alma durante largos días. Quien se ha escapado a duras penas, ofrece esta oración enfatizando su significado. El hombre que ha sentido la cercanía de la red del cazador, (el hombre que ha sido prendido y casi destruido por el adversario), pide con insistente empeño: "no nos metas en tentación."

Tratando de recomendarles esta oración, tengo el propósito de comentar ahora, primero que nada, el espíritu que propicia una petición así; en segundo lugar, las pruebas contra las que esta oración implora; y luego, en tercer lugar, las lecciones que enseña.

I. ¿QUÉ PROPICIA UNA ORACIÓN COMO ÉSTA? "No nos metas en tentación."

Primero, por la posición de la frase, yo deduzco mediante un rápido proceso de análisis, que esta oración es motivada por la vigilancia. Esta petición sigue a la frase: "perdónanos nuestras deudas." Voy a suponer que esa petición ha sido otorgada, y el pecado del hombre es perdonado. ¿Y luego qué? Si echan un vistazo a su vida pasada, pronto percibirán lo que ocurre por lo general a un hombre que ha sido perdonado, pues "Como en el agua el rostro corresponde al rostro, así el corazón del hombre al del hombre." La experiencia íntima de un creyente es semejante a la de otro creyente, y los propios sentimientos de ustedes han sido semejantes a los míos.

Muy pronto, después que un penitente ha recibido el perdón y siente que ha sido perdonado en su alma, es tentado por el diablo; pues Satán no puede soportar la mengua de sus súbditos, y cuando los ve cruzar la línea fronteriza y escapar de su mano, reúne a todas sus fuerzas y aplica toda su astucia para ver si, por ventura, puede quitarles la vida de inmediato. Para enfrentar este asalto especial, el Señor pone en alerta al corazón. Percibiendo la ferocidad y la sutileza de las tentaciones de Satanás, el creyente recién nacido, gozándose en el perfecto perdón que ha recibido, clama a Dios: "no nos metas en tentación."

Es el temor de perder el gozo del perdón del pecado el que así clama al buen Dios: "Padre nuestro, no permitas que perdamos la salvación que hemos obtenido tan recientemente. No permitas que sea sometida a peligros. No dejes que Satanás quebrante nuestra recién encontrada paz. Acabamos de escapar; no nos sumerjas nuevamente en las profundidades. Nadando hacia la costa, algunos aferrados a tablones y otros sobre trozos de residuos del barco, hemos llegado a salvo a la costa; constríñenos a no tentar de nuevo al bramante océano. No nos arrojes más sobre las violentas olas. Oh Dios, nosotros vemos cómo avanza el enemigo: está listo a zarandearnos como trigo si pudiera. No permitas que seamos puestos en su criba, mas líbranos, te suplicamos."

Es una oración de vigilancia; y fíjense bien, aunque hemos hablado que la vigilancia es necesaria al comienzo de la vida cristiana, es igualmente indispensable hasta el fin. No hay una sola hora en la que el creyente pueda darse el lujo de descuidarse. Velen, se los ruego, cuando estén solos, pues la tentación, como un asesino que serpea, tiene una daga especial para los corazones solitarios. Deben poner pasador y cerrojos a la puerta, si quieren mantener fuera al diablo. Velen también cuando estén en público, pues las tentaciones agrupadas en tropas lanzan sus flechas para que vuelen durante todo el día.

Los compañeros más selectos que puedan elegir, no estarán desprovistos de alguna mala influencia sobre ustedes, a menos que se mantengan en guardia. Recuerden las palabras de nuestro bendito Maestro: "Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad," y conforme estén velando, una oración se elevará con frecuencia desde lo íntimo del corazón:
"Del poder de la oscura tentación,
Y de los ardides de Satanás, defiéndeme;
Líbrame en la mala hora,
Y guíame hasta el fin."

Es una oración de vigilancia.

A continuación, me parece que es la oración natural inspirada por el horror del simple pensamiento de caer de nuevo en el pecado. Recuerdo la historia de un minero que, habiendo sido un vulgar blasfemo, un hombre de vida licenciosa y que hacía todo lo malo, cuando fue convertido por la gracia divina, estaba terriblemente temeroso que sus antiguos compañeros lo empujaran otra vez a su vida anterior. Él sabía que era un hombre de fuertes pasiones, con la tendencia a ser llevado al descarrío por los demás, y por tanto, en su miedo de ser arrastrado otra vez a sus viejos pecados, oró con empeño pidiendo que antes que volver a sus caminos anteriores, prefería morir. Y en ese mismo instante murió. Tal vez fue la mejor respuesta a la mejor petición que el pobre hombre pudo haber ofrecido.

Yo estoy seguro que cualquiera que haya llevado una mala vida, si la maravillosa gracia de Dios lo ha sacado de ella, estará de acuerdo que la oración del minero no era de ningún modo demasiado exagerada. Sería mejor morir de inmediato que continuar viviendo para retornar a nuestro primer estado y cubrir de deshonra el nombre de Jesucristo nuestro Señor. La oración que estamos considerando, brota del encogimiento del alma al primer asedio del tentador. El ruido de las pisadas del demonio resuena en el oído sobresaltado del tímido penitente; se estremece como una hoja de álamo temblón, y grita, ¡cómo!, ¿ya está regresando otra vez? Y, ¿es posible que yo caiga de nuevo? Y, ¿puedo manchar estos blancos vestidos con ese despreciable pecado asesino, que quitó la vida de mi Señor? "Oh Dios mío," parece decir la oración, "guárdame de ese horrendo mal. Llévame, te lo ruego, donde Tú quieras: ay, inclusive a través del valle de sombras de muerte, pero no me metas en tentación, para que no caiga y Te deshonre." El niño que ya se ha quemado teme al fuego. Quien ha sido atrapado una vez en la trampa de acero, lleva las cicatrices en su carne y está profundamente temeroso de ser aprisionado de nuevo en medio de esos dientes crueles.

El tercer sentimiento, también es muy claro; es decir, desconfianza de la fortaleza personal. El hombre que se siente lo suficientemente fuerte para todo, es temerario, e inclusive invita a la batalla que hará visible su poder. "Oh," afirma, "no me importa; se pueden reunir contra mí los que quieran; yo soy lo suficientemente capaz de cuidarme y sostenerme contra los que sean." Está presto a involucrarse en conflictos, y corteja a la refriega.

No hace lo mismo el hombre que ha sido enseñado de Dios y que conoce su propia debilidad; él no quiere ser probado, sino que busca lugares tranquilos donde pueda estar protegido de cualquier daño. Si se ve involucrado en la batalla, peleará como hombre; si es tentado, verán cuán firme se planta; pero me parece que él no busca el conflicto, así como muy pocos soldados que conocen lo que es la lucha, la provocan. En verdad, únicamente aquellos que desconocen el olor de la pólvora, o que nunca han visto los cadáveres amontonados unos sobre otros, formando un montículo sangriento, están ávidos de balas y granadas. Pero los veteranos prefieren los pastoriles tiempos de paz.

Ningún creyente experimentado desea jamás un conflicto espiritual, pero algunos reclutas novatos más bien lo buscan. En un cristiano, el recuerdo de su previa debilidad: sus resoluciones quebrantadas y sus promesas incumplidas, lo conduce a orar para no ser severamente probado en un futuro. No se atreve a confiar otra vez en sí mismo. No quiere una lucha con Satanás, ni tampoco con el mundo; pide más bien, si es posible, que sea librado de esos severos encuentros, y su oración es, "No nos metas en tentación." El creyente sabio manifiesta una desconfianza sagrada; es más, puedo afirmar que posee una total desesperanza acerca de sí: y aunque sabe que el poder de Dios es lo suficientemente fuerte para todo, sin embargo, el sentido de su debilidad pesa tanto sobre él, que ruega que se le evite demasiada desgracia. Por esto clama: "no nos metas en tentación."

Pienso que no he agotado las facetas del espíritu anunciadas por esta oración, pues me parece que brota, de alguna manera, de la caridad. "¿Caridad?" dirás tú. "¿Cómo es eso?" Bien, siempre debemos considerar el contexto, y leyendo la frase precedente en conexión con ella, vemos las palabras, "como también nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos metas en tentación." No debemos ser demasiado severos con aquellas personas que han hecho mal y nos han ofendido, sino que debemos orar, "Señor, no nos metas en tentación."

Tu criada, pobre muchacha, hurtó una menudencia que te pertenecía. No estoy excusando su robo, pero te suplico que hagas una pausa por un instante, antes que casi arruines su carácter de por vida. Hazte esta pregunta: "¿No habría podido yo hacer lo mismo si hubiera estado en su posición? Señor, no me metas en tentación."

Es verdad que estuvo muy mal que ese joven tratara con deshonestidad tus bienes. Sin embargo, estaba bajo demasiada presión proveniente de alguna mano fuerte, y sólo cedió por compulsión. No seas demasiado severo con él. No digas: "voy a darle seguimiento hasta las últimas consecuencias; voy a aplicarle la ley." No, aguarda un momento; deja que hable la piedad, y que te implore la voz de plata de la misericordia. Piensa en ti mismo, para que no seas tentado, y ora, "no nos metas en tentación."

Yo me temo que independientemente de lo mal que algunos se comportan bajo la tentación, muchos de nosotros, en su lugar, habríamos actuado de peor manera. Me gustaría, si pudiera, formarme un tipo de juicio acerca del descarrío; y me ayudaría a hacerlo si me imaginara sometido a esas mismas pruebas, y mirar las cosas desde su propia perspectiva, y ponerme en su lugar, sin poseer nada de la gracia de Dios que me ayudara: ¿no habría caído de igual manera que ellos lo hicieron, y no los habría sobrepasado en el mal? ¿No podría llegarles el día, a ustedes que son inmisericordes, en que tengan que pedir misericordia para ustedes mismos? ¿Acaso dije: no podría llegarles? Estoy seguro que debe llegarles. Cuando dejen todo aquí abajo, y vuelvan una vista retrospectiva a toda su vida, y comprueben que tienen mucho que lamentar, ¿a qué cosa podrán apelar entonces sino a la misericordia de Dios? Y, ¿qué pasa si Él les responde: "un llamado fue hecho a tu misericordia, y no tuviste ninguna? Como hiciste con otros, así haré contigo." ¿Qué respuesta le darías a Dios si te tratara así? ¿Acaso Su respuesta no sería justa y buena? ¿No se le debería pagar a cada hombre con la misma moneda, cuando esté siendo juzgado? Así que yo pienso que esta oración: "no nos metas en tentación," debería brotar a menudo del corazón, a través de un sentimiento caritativo hacia otros que han errado, que son de la misma carne y sangre que nosotros.

Ahora, siempre que vean a un ebrio tambalearse por las calles, no se gloríen sintiéndose superiores, sino que deben decir: "no nos metas en tentación." Cuando tomen los periódicos y lean que algunos hombres han traicionado la confianza que se les tenía por causa del oro, condenen su conducta si quieren, pero no se regocijen en la propia firmeza, sino más bien clamen con toda humildad: "no nos metas en tentación."

Cuando la pobre muchacha seducida para que se alejara de las sendas de la virtud, se atraviese en el camino de ustedes, no la miren con un desprecio que la pueda entregar a la destrucción, sino que digan, "no nos metas en tentación." Si esta oración estuviera tan a menudo en nuestros corazones como lo está en nuestros labios, nos enseñaría maneras más indulgentes y moderadas en nuestra relación con hombres y mujeres pecadores.

Además, ¿no piensan ustedes que esta oración exhala un espíritu de confianza: de confianza en Dios? "Bueno," dirá alguno, "yo no lo veo así." Para mí, (y yo no sé si seré capaz de transmitir mi pensamiento), para mí, hay un grado de familiaridad muy tierna y de sagrada intrepidez en esta expresión. Por supuesto, Dios me guiará ahora que soy Su hijo. Es más, ahora que me ha perdonado, yo estoy seguro que no me conducirá a lugares donde pueda estar expuesto a algún daño. Esto debe saberlo y creerlo mi fe, y sin embargo, por razones diversas, surge en mi mente un miedo de que Su providencia me pueda conducir donde sea tentado. Ese miedo, ¿es válido o no? Se apodera de mi mente; ¿puedo ir con él a mi Dios? ¿Puedo expresar en oración esta duda de mi alma? ¿Puedo derramar esta ansiedad ante el grandioso y sabio Dios de amor? ¿No será una oración impertinente? No, no lo será, pues Jesús pone las palabras en mi boca y dice: "Vosotros, pues, oraréis así."

Ustedes tienen miedo que Él pueda meterlos en tentación; pero Él no lo hará; o si Él viera que es conveniente probarlos, Él también suministrará la fortaleza para que se sostengan hasta el final. A Él le agradará preservarlos en Su infinita misericordia. Ustedes estarán perfectamente seguros si Lo siguen al lugar que Él los conduzca, pues Su presencia hará que el aire más mortífero se vuelva saludable. Pero puesto que ustedes instintivamente tienen un temor de ser conducidos donde la lucha sea demasiado severa y el camino demasiado escabroso, díganselo sin reservas a su Padre celestial.

Ustedes saben que en casa, si un hijo tiene alguna pequeña queja contra su padre, siempre es mejor que la exprese. Si considera que su padre no le hizo caso el otro día, o piensa a medias que la tarea que su padre le ha encomendado es demasiado severa, o supone que su padre espera demasiado de él; si no dice absolutamente nada al respecto, puede tornarse sombrío y perder mucho de la amorosa ternura que siempre debe sentir el corazón de un hijo. Pero cuando el hijo dice francamente: "padre, no quiero que pienses que no te amo o que no puedo confiar en ti, pero tengo este pensamiento que turba mi mente, y lo voy a expresar con toda claridad;" ese el camino más sabio a seguir, y muestra una seguridad filial. Esa es la manera de mantener el amor y la confianza.

Así que si tienes una sospecha en tu alma, que tal vez tu Padre pueda meterte en una tentación demasiado poderosa para ti, exprésaselo a Él. Coméntaselo aunque parezca que te estás tomando demasiadas libertades. Aunque tu miedo sea el fruto de la incredulidad, hazlo saber a tu Señor, y no albergues ese pensamiento sombrío. Recuerda que la oración del Señor no fue hecha para Él, sino para ti; y por lo tanto, ve los asuntos desde tu propia perspectiva y no de la Suya. La oración de nuestro Señor no es para nuestro Señor; es para nosotros, Sus hijos; y los hijos dicen siempre a sus padres tantas cosas que son apropiadas si provienen de ellos, pero que no son prudentes ni precisas según la medida del conocimiento de los padres. Su padre sabe lo que quieren decir sus corazones, y sin embargo puede haber mucho de insensato o errado en lo que dicen. Por tanto yo veo que esta oración manifiesta esa bendita confianza del niño que expresa a su padre el miedo que lo aflige, ya sea que ese miedo sea válido o no.

Amados, no debemos debatir aquí la pregunta acerca de si Dios mete en tentación o no, o si podemos caer de la gracia o no; es suficiente que sintamos un miedo, y que se nos permita expresarlo a nuestro Padre en el cielo. Siempre que sientan miedo de cualquier tipo, corran a Aquél que ama a Sus pequeñitos, y que como padre, siente piedad por ellos y quiere calmarlos incluso en sus alarmas innecesarias.

De esta manera he mostrado que el espíritu que inspira esta oración es uno de vigilancia, de santo horror ante el simple pensamiento del pecado, de desconfianza de la fuerza propia, de caridad hacia los demás, y de confianza en Dios.

II. En segundo lugar preguntemos, ¿CUÁLES SON ESTAS TENTACIONES CONTRA LAS QUE ESTA ORACIÓN IMPLORA? O digamos más bien, ¿cuáles son estas pruebas que son muy temidas?

Yo no creo que la oración tenga la intención de pedir a Dios que nos libre de ser afligidos para nuestro bien, o que nos guarde de sufrir como disciplina. Por supuesto que debemos estar contentos de librarnos de esas cosas; pero la oración apunta a otra forma de prueba, y puede ser parafraseada así: "líbrame, oh Dios, de las pruebas y sufrimientos que me puedan conducir al pecado. Líbrame de pruebas demasiado grandes, para que no sucumba, si vencen mi paciencia, o mi fe, o mi firmeza."

Ahora, tan brevemente como pueda, les voy a mostrar cómo los hombres pueden ser metidos en tentación por la mano de Dios.

Y lo primero es cuando retira su gracia divina. Supongan por un instante, (y es sólo una suposición), que el Señor nos dejara por completo. Entonces pereceríamos sin demora. Pero supongamos, (y no se trata de una suposición estéril), que en cierta medida nos quitara Su fortaleza; ¿no estaríamos en una condición perniciosa? Supongan que ya no sustentara nuestra fe: ¡qué incredulidad exhibiríamos! Supongan que Él rehusara apoyarnos en el tiempo de la tribulación, de tal forma que no guardáramos más nuestra integridad, entonces, ¿qué sería de nosotros? Ah, el hombre más recto no sería recto por mucho tiempo, ni el hombre más santo continuaría siéndolo.

Supón, querido amigo, tú que caminas a la luz del rostro de Dios y llevas el yugo de la vida con facilidad, porque Él te sustenta; supón que Su presencia te fuera retirada, ¿cuál sería tu porción? Somos todos tan semejantes a Sansón en esta materia, que debo utilizarlo como un ejemplo en mi exposición, aunque a menudo haya sido usado para ese propósito por otros. En tanto que las guedejas de nuestra cabeza no sean trasquiladas, podemos hacer cualquier cosa y todas las cosas: podemos destrozar leones, cargar las puertas de Gaza, y destruir a los ejércitos enemigos.

Somos potentes en la fuerza de Su poder, por la divina señal consagratoria; pero si el Señor se retira un instante y nosotros intentamos hacer solos el trabajo, entonces descubrimos que somos débiles como un diminuto insecto. Cuando el Señor se apartó de ti, oh Sansón, ¿no te volviste igual que los demás hombres? Entonces el grito, "¡Sansón, los filisteos contra ti!", es el tañido de las campanas fúnebres por la muerte de tu gloria. En vano sacudes esos fornidos miembros de tu cuerpo. Ahora te sacarán los ojos y los filisteos se burlarán de ti. En vista de una catástrofe semejante, es bueno que estemos en medio de una agonía de peticiones. Oren entonces, "Señor, no me dejes; y no me metas en tentación, retirando de mí Tu Espíritu."
"Guárdanos, Señor, oh guárdanos siempre,
Nuestra esperanza es vana sin Tu apoyo;
Somos Tuyos; oh no nos abandones nunca,
Hasta que veamos Tu rostro en el cielo;
En el cielo, donde te alabaremos
Por toda una resplandeciente eternidad.

"Toda nuestra fuerza nos abandonaría al instante,
Si fuéramos desamparados, Señor, por Ti;
Nada podría servirnos, teniendo ese vacío,
Y nuestra derrota segura sería:
Los que nos odian
Verían de esta manera saciado su deseo."

Otro conjunto de tentaciones puede ser encontrado en las condiciones providenciales. Las palabras de Agur, hijo de Jaqué, servirán de ejemplo aquí. "Vanidad y palabra mentirosa aparta de mí; no me des pobreza ni riquezas; manténme del pan necesario; no sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová? O que siendo pobre, hurte, y blasfeme el nombre de mi Dios."

Algunos de nosotros nunca hemos sabido lo que significa una necesidad extrema; hemos vivido desde nuestra juventud en el bienestar social. Ah, queridos amigos, cuando vemos lo que la suma pobreza ha impulsado a hacer a algunos hombres ¿cómo podemos estar seguros que no nos habríamos comportado de peor manera, si hubiéramos tenido la terrible presión que ellos sintieron? Debemos estremecernos y decir: "Señor, cuando veo a las familias pobres apretujadas en un cuartito donde escasamente hay espacio para observar una decencia común; cuando veo que falta el pan para evitar que los hijos lloren de hambre; cuando veo las ropas del hombre desgastadas a su espalda, y demasiado ligeras para protegerlo del frío, te suplico que no me sujetes a una prueba así, para que no sea conducido a la condición de estirar mi mano y robar. No me metas en la tentación de una lánguida necesidad."

Y, por otro lado, miren las tentaciones del dinero, cuando los hombres tienen para gastar más de lo que realmente necesitan, y están rodeados de una sociedad que los tienta a las carreras, al juego, a la prostitución y a todo tipo de iniquidades. El joven que tiene una fortuna a la mano, antes de alcanzar la edad de la discreción, y está rodeado de aduladores y tentadores, todos ellos ávidos de despojarlo; ¿acaso se sorprenden que sea conducido al vicio, y que se convierta en un hombre moralmente arruinado? Al igual que un galeón asechado por los piratas, nunca se encuentra fuera de peligro; ¿acaso es una sorpresa que no llegue nunca a puerto seguro? Las mujeres lo tientan, los hombres lo adulan, los viles mensajeros del diablo lo acarician, y el joven necio los sigue como el buey va al matadero, o como el pájaro se apresura a la trampa, sin darse cuenta que arriesga su vida. Muy bien puedes agradecer al cielo que no hayas conocido nunca esa tentación, pues si fuera puesta en tu camino, tú también estarías en un inminente peligro. Si las riquezas y el honor te fascinan, no los busques con avidez, sino que más bien ora: "no nos metas en tentación."

Las posiciones providenciales a menudo prueban a los hombres. Hay un hombre inclinado al dinero fácil en los negocios; ¿de qué manera podrá pagar esa elevada factura? Si no la paga, habrá desolación en su familia; el negocio mercantil del que ahora obtiene sus ingresos irá a la quiebra; todo mundo se avergonzará de él, sus hijos serán discriminados, y él terminará en la ruina. Sólo tiene que usar una cierta suma que se le ha confiado: no tiene el derecho de arriesgar ni un centavo de ese dinero, pues no le pertenece, mas sin embargo, mediante su uso temporal puede acaso superar la dificultad. El diablo le dice que puede devolverlo en una semana. Si toca ese dinero sería una acción ruin, pero entonces se convence a sí mismo: "nadie será afectado por eso, y será una maravillosa solución," etcétera. Si cede a la sugerencia, y todo sale bien, algunos dirán: "bueno, después de todo, no hubo mucho daño en ello, y más bien fue un paso prudente, pues le salvó de la ruina." Pero si algo sale mal, y lo descubren, entonces todo mundo dirá: "fue un robo descarado. Ese hombre debe ser desterrado."

Pero, hermanos, la acción era mala en sí misma, y las consecuencias no la hacen ni mejor ni peor. No condenen con amargura, sino oren una y otra vez, "no nos metas en tentación. No nos metas en tentación." Ustedes pueden ver, en efecto, que Dios en Su providencia pone a los hombres, a veces, en posiciones en las que son severamente probados. Es por su bien que son probados, y cuando pueden aguantar la prueba, engrandecen Su gracia, y ellos mismos se fortalecen: la prueba tiene usos beneficiosos cuando puede ser soportada, y por eso Dios no siempre nos priva de las pruebas. Nuestro Padre celestial no ha tenido nunca la intención de mimarnos y guardarnos de la tentación, pues eso no es parte del sistema que Él ha establecido sabiamente para nuestra educación. No quiere que seamos bebés hundidos cómodamente en sus carriolas durante toda la vida.

Él creó a Adán y Eva en el huerto, y no puso una barda de hierro alrededor del árbol del conocimiento, diciendo: "no pueden alcanzarlo." No, sino que les previno que no tocaran el fruto, aunque podían alcanzar el árbol si lo hubieran deseado. Lo que Él quería es que pudieran haber tenido la posibilidad de alcanzar la dignidad de la fidelidad voluntaria si permanecían firmes, pero la perdieron por su pecado; y Dios tiene la intención, en su nueva creación, de no escudar a Su pueblo de los diferentes tipos de prueba y aflicción, pues eso sería engendrar hipócritas y mantener a los fieles al nivel de personas enanas y débiles.

El Señor pone algunas veces a los elegidos en lugares donde van a ser probados, y hacemos lo correcto al orar: "no nos metas en tentación."

Y hay tentaciones que surgen de condiciones físicas. Hay algunos hombres que tienen un carácter muy moral porque gozan de salud; y hay otros hombres que son muy malos, que, sin duda, si supiéramos todo acerca de ellos, estaríamos inclinados a cierta suavidad en nuestro trato, debido a la infeliz conformación de su constitución. Digamos que hay muchas personas a las que les resulta muy fácil mostrarse alegres y generosas, mientras que hay otras que necesitan esforzarse mucho para no desesperar o para no caer en la misantropía.

Es muy difícil batallar con hígados enfermos, corazones débiles o cerebros lesionados. ¿Se queja esa anciana? Entonces comentamos: ¡ella únicamente ha sufrido de reumatismo durante treinta años, y sin embargo, cada vez y cuando murmura! ¿Cómo estarías tú si sintieras sus sufrimientos durante treinta minutos? He oído de un hombre que se quejaba de todo el mundo. Cuando murió y los doctores abrieron su cráneo encontraron que su bóveda craneana era muy estrecha, y descubrieron que el hombre sufría de irritación cerebral. ¿Acaso sus duros comentarios no eran atribuibles en gran manera a esa condición?

Yo no menciono estos asuntos para excusar el pecado, sino para hacer que tanto ustedes como yo, tratemos a gente así con la gentileza que podamos, y que oremos: "Señor, no me des una bóveda craneana así, y líbrame de esos reumatismos y de esos dolores, porque colocado en un potro de tormento semejante, yo sería peor que ellos. No nos metas en tentación."

Además, las condiciones mentales a menudo suministran grandes tentaciones. Cuando un hombre cae en la depresión, es tentado. Aquellos de nosotros que nos regocijamos mucho, a menudo nos hundimos en la misma proporción que nos elevamos, y cuando todo se ve sombrío a nuestro alrededor, Satanás aprovechará con toda seguridad esa ocasión para inculcar el desaliento. Dios no quiera que nos excusemos, pero, amado hermano, yo ruego que no seas metido en esta tentación. Tal vez si fueras sujeto del nerviosismo y del decaimiento de espíritu como el amigo al que culpas por su melancolía, serías más digno de censura que él. Entonces en vez de condenar, ten piedad.

Y, por otro lado, cuando los espíritus están alborozados y el corazón está pronto a bailar de gozo, eso es muy propicio para que penetre la liviandad y para decir palabras impropias. Pídanle al Señor que no les permita elevarse tan alto ni caer tan bajo, para no ser conducidos al mal. "No nos metas en tentación," debe ser nuestra oración de cada hora.

Más allá de esto, hay tentaciones que brotan de las asociaciones personales, que se reúnen alrededor de nosotros según el orden de la providencia. Estamos obligados a evitar las malas compañías, pero hay casos en los que, sin ninguna culpa propia, las personas son llevadas a asociarse con caracteres malévolos. Puedo dar como ejemplos al niño devoto cuyo padre es un renegado, y a la mujer piadosa convertida recientemente, cuyo marido sigue siendo un impío que blasfema el nombre de Cristo.

Sucede lo mismo con los obreros que tienen que trabajar en los talleres, donde compañeros disolutos dejan escapar un juramento cada media docena de palabras que pronuncian, y derraman ese lenguaje inmundo que nos escandaliza cada día más y más. Creo que en Londres, nuestra clase trabajadora dice ahora más groserías que antes; al menos, yo las escucho más, cuando camino por las calles o cuando me detengo por alguna razón. Bien, si las personas están obligadas a trabajar en talleres así, o a convivir con familias así, pueden venir tiempos cuando bajo el látigo de la burla o el escarnio o el sarcasmo, el corazón desmaye y la lengua se rehúse a hablar por Cristo. Ese silencio y esa cobardía no pueden ser excusados, pero sin embargo no censures a tu hermano, sino que debes decir: "Señor, no me metas en tentación."

¿Cómo sabes que tú tendrías más valor? Pedro se acobardó ante una sirvienta locuaz, y tú también puedes sentir temor de la lengua de una mujer. La peor tentación que conozco para un joven cristiano, es convivir con un hipócrita, un hombre tan santificado y recatado que el joven corazón, engañado por las apariencias, confía plenamente en él. Pero ese infeliz tiene un corazón falso y una vida podrida. Y hay tales desgraciados que, con la pretensión y afectación de piedad, cometen actos ante los que podríamos derramar lágrimas de sangre: los jóvenes se tambalean espantosamente, y muchos de ellos se vuelven deformes de por vida en su conformación espiritual, al asociarse con tales seres.

Cuando vean faltas generadas por esas causas comunes pero horribles, díganse a sí mismos: "Señor, no me metas en tentación. Te doy gracias por mis padres piadosos y por mis amistades cristianas y por los ejemplos piadosos; pero, ¿qué habría sido de mí si yo hubiera sido sometido exactamente a lo opuesto? Si me hubieran tocado influencias malignas cuando como una vasija, estaba siendo formado en la rueda, podría haber exhibido fallas más notorias que las que ahora veo en otros."

Así podría continuar exhortándolos para que oren, queridos amigos, contra las diversas tentaciones; pero permítanme decirles que el Señor tiene pruebas muy especiales para algunos hombres, tales como pueden ser vistas en el caso de Abraham. Él le da un hijo en su ancianidad, y luego le dice: "Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto." Harán bien en orar: "Señor, no nos metas en una tentación como ésa. Yo no soy digno de ser probado así. Oh, no me pruebes así."

Yo he conocido algunos cristianos que reflexionan y evalúan si ellos podrían actuar como lo hizo el patriarca. Eso es muy insensato, amado hermano. Cuando seas llamado a hacerlo, serás capacitado para llevar a cabo el mismo sacrificio, por la gracia de Dios; pero si no has recibido un llamado para hacerlo, ¿por qué habrías de recibir ese poder? ¿Acaso quedará sin ser usada la gracia de Dios? Tu fuerza será igual a tu día, pero no lo excederá. Yo quisiera que ustedes pidieran ser librados de las pruebas más severas.

Podemos ver otro ejemplo en Job. Dios entregó a Job a Satanás con un límite, y ustedes saben cómo Satanás lo atormentó y lo probó para aplastarlo. Si alguien orara: "Señor, pruébame como a Job," estaría orando de manera imprudente. "Oh, pero yo podría ser tan paciente como él," dirás. Tú eres precisamente el hombre que se entregaría a la amargura y maldeciría a su Dios. El hombre que podría exhibir mejor la paciencia de Job sería el primero, de conformidad al mandato del Señor, que oraría fervientemente: "no nos metas en tentación."

Queridos amigos, debemos estar preparados para las pruebas, si Dios así lo quiere, pero no debemos cortejarlas, sino orar para ser librados de ellas, lo mismo que nuestro Señor, que aunque estaba preparado a beber la amarga copa, sin embargo, en agonía exclamó: "si es posible, pase de mí esta copa." Las aflicciones buscadas, no son aquellas que el Señor ha prometido bendecir.

Para explicar lo que quiero decir de una manera que pueda ser vista claramente, déjenme contarles una vieja anécdota. He leído en la historia, que dos hombres fueron condenados a morir como mártires en los días de la violenta persecución de la reina María. Uno de ellos se jactaba en voz alta ante su compañero, por la confianza que tenía que se comportaría como un verdadero hombre cuando fuera a la hoguera. A él no le importaba el sufrimiento, y estaba tan firme en el Evangelio que sabía que nunca renegaría de él. Dijo que ansiaba que llegara la mañana fatal, como se espera a una novia el día de la boda. Su compañero de prisión, con quien compartía la misma celda, era una pobre criatura temblorosa, que no podía ni quería negar a su Señor; pero le confesó a su compañero que le tenía mucho miedo al fuego. Comentó que siempre había sido muy sensible al sufrimiento, y temía que cuando el fuego comenzara a arder, el dolor lo podría empujar a renegar de la verdad. Le suplicó a su amigo que orara por él, y se pasó el tiempo llorando por su debilidad y clamando a Dios, pidiéndole fortaleza. El otro lo reprendía continuamente, y lo increpaba por ser tan incrédulo y débil. Cuando ambos fueron a la hoguera, el que había sido tan valiente se retractó a la vista del fuego, y regresó de manera ignominiosa a una vida de apóstata, mientras que el pobre hombre tembloroso cuya oración había sido: "no me metas en tentación," estuvo firme como una roca, alabando y engrandeciendo a Dios, mientras ardía hasta quedar carbonizado.

Nuestra debilidad es fortaleza, y nuestra fortaleza es debilidad. Clamen a Dios que no les mande pruebas que sobrepasen sus fuerzas; y en la tierna timidez de su débil conciencia, susurren la plegaria: "no nos metas en tentación." Luego, si Él los induce al conflicto, Su Santo Espíritu los fortalecerá, y serán tan fieros ante el adversario como un león. Aunque tiemblen y se agachen en su interior ante el trono de Dios, ustedes podrían confrontar al propio diablo y a todas las huestes del infierno, sin el menor tinte de miedo. Podría parecer extraño, pero así es.

III. Y ahora concluyo con el último encabezamiento: LAS LECCIONES QUE NOS ENSEÑA ESTA PLEGARIA. No tengo tiempo para poder extenderme. Las mencionaré sin mayor elaboración.

La primera lección de la oración: "no nos metas en tentación," es ésta: nunca se jacten de su propia fortaleza. No digan: "oh, yo nunca voy a caer en esas insensateces y pecados. Me podrán probar, pero en mí encontrarán un rival invencible." El que se ciñe las armas no debe alabarse tanto como el que las desciñe. Nunca cedan a un pensamiento de autoestima por la fortaleza propia. No tienen ningún poder que provenga de ustedes; son tan débiles como el agua. El diablo sólo tiene que presionarlos en el lugar preciso y ustedes saltarán de acuerdo a su voluntad. Con solo que una o dos piedras sueltas sean sacudidas, pronto comprobarán que el débil edificio de su propia virtud natural se desplomará de improviso. Nunca inviten a la tentación, jactándose de su propia capacidad.

Lo siguiente es: nunca deseen la prueba. ¿Alguien hace alguna vez eso? Sí; escuché a uno el otro día, que decía que Dios lo había prosperado tanto, durante tantos años, que temía no ser un hijo de Dios, pues había descubierto que los hijos de Dios eran disciplinados, y por tanto, él casi anhelaba experimentar la aflicción. Amado hermano, no desees eso: demasiado pronto caerás en problemas. Si yo fuera un niño y estuviera en mi casa, no creo que le diría a mi hermano, después que recibió unos azotes: "me temo que no soy hijo de mi padre, y dudo que me ame porque no he sido castigado con la vara como tú. Yo deseo que me azote para saber que me ama." No; ningún hijo sería jamás tan estúpido. No debemos desear, por ninguna razón, ser afligidos o probados, sino que debemos orar: "no nos metas en tentación."

El siguiente pensamiento es, no acudir nunca a la tentación. El hombre que ora: "no nos metas en tentación," y luego va a ella, es un mentiroso ante Dios. ¡Cuán hipócrita debe ser un hombre que dice esta oración y luego asiste a presenciar espectáculos indecentes! ¡Cuán falso es aquél que ofrece esta oración y luego se para en el bar y toma licor y habla con hombres depravados y mujeres de vida ligera! "No nos metas en tentación," es una vergonzosa irreverencia si sale de los labios de hombres que asisten a lugares de diversión cuyo tono moral es malo.

"Oh," dirás, "no debería decirnos tales cosas." ¿Por qué no? Algunos de ustedes las hacen, y me atrevo a censurarlas dondequiera que se encuentren, y lo haré mientras mi lengua tenga movimiento. Hay un mundo de hipocresía a nuestro alrededor. La gente va a la iglesia y dice: "No nos metas en tentación," y luego, sabiendo dónde se encuentra la tentación, van derechito a ella. Tú no necesitas pedirle al Señor que no te meta en tentación; Él no tiene nada que ver contigo. Entre el diablo y tú pueden llegar muy lejos, sin necesidad que te burles de Dios con tus oraciones hipócritas.

El hombre que va al pecado voluntariamente con sus ojos bien abiertos, y luego dobla su rodilla, y el domingo en la mañana en la iglesia repite media docena de veces: "No nos metas en tentación," es un hipócrita sin máscara en su rostro. Que guarde esto en su corazón, y sepa que estoy dirigiendo esto personalmente contra él, y contra todos los hipócritas descarados como él.

La última palabra es que, si piden a Dios que no los meta en tentación, no conduzcan a otros allí. Algunas personas parecen ser singularmente olvidadizas del efecto de su ejemplo, pues hacen cosas malas en presencia de sus hijos, y de quienes les tienen consideración. Ahora, yo les ruego que piensen que mediante el mal ejemplo, destruyen a otros y se destruyen ustedes mismos. No hagas nada, mi querido hermano, de lo cual tengas que avergonzarte, o que no quisieras que otros copien de ti. Haz el bien en todo momento, y no permitas que Satanás te convierta en una "zarpa de fiera" para destruir las almas de los demás: ora con sinceridad, "No nos metas en tentación;" y no conduzcas a tus hijos allí.

Si ellos están invitados durante la estación festiva a tal y tal fiesta familiar, donde habrá de todo, excepto aquello que los lleve a su crecimiento espiritual o simplemente a practicar una buena conducta: no les des permiso de ir. En esto debes ser intransigente. Debes ser firme al respecto. Habiendo orado una vez: "No nos metas en tentación," no le hagas al hipócrita permitiendo que tus hijos vayan a la tentación.

Dios bendiga estas palabras para nosotros. Que se graben profundamente en nuestras almas, y si alguien siente que ha pecado, oh, que pueda pedir ahora perdón por medio de la sangre preciosa de Cristo, y que lo encuentre por la fe en Él. Cuando hayan obtenido misericordia, que su siguiente deseo sea que puedan ser guardados en el futuro del pecado que han cometido antes, y por tanto, que su oración sea: "No nos metas en tentación." Que Dios los bendiga.

Porción de la Escritura leída antes del sermón: Mateo 6: 1-24.





El triunfo del Golgota --- Erich Sauer

El triunfo en el Gólgota...
por Erich Sauer
La cruz encierra un doble significado: por una parte, es la base de su justificación, por la que se arregla su vida pasada frente a la justicia de Dios; y por otra, es el fundamento de su santificación, por la que se gobierna su vida según la voluntad de Dios...

La cruz encierra un doble significado: por una parte, es la base de su justificación, por la que se arregla su vida pasada frente a la justicia de Dios; y por otra, es el fundamento de su santificación, por la que se gobierna su vida según la voluntad de Dios...

El triunfo en el Gólgota...

El odio de los fariseos llevó a Cristo a la cruz, siendo su ejecución el crimen judicial más infame de la historia del mundo. Se ha calificado el hecho como «el asesinato más cobarde de un embajador que jamás se haya visto, y el ultraje más vil que rebeldes jamás hayan perpretado contra el benefactor de su patria». Pero detrás del crimen máximo de todos los tiempos se halla la obra de Dios, quien cumple por medios tan extraños el plan eterno.La victoria aparente de Satanás se convirtió en una derrota tremenda, a la vez que la aparente derrota de Cristo llegó a ser su victoria suprema, manifestación de su poder infinito Dios ha convertido este acto de alevosa y diábolica rebelión contra su persona en el medio para la expiación de los pecados y la salvación de los mismos rebeldes. Al golpe insultante que asestaron a su rostro santo, respondió con el beso de amor y de reconciliación. Nosotros llegamos al límite de toda maldad por nuestra rebelión contra Él, mas Él escogió aquella misma hora para la manifestación más sublime de toda gracia y bondad para con nosotros. Así es que el hecho vergonzoso de la cruz, en cumplimiento del plan de redención, llegó a ser el eje de la historia humana, y no sólo eso, sino de toda la suprahistoria universal.

El momento en el calendario humano sería, con toda probabilidad, según los más recientes cálculos de los eruditos, el día 7 de abril del año 30 d.C., pero como «hecho eterno» la cruz es el fundamento de todo el victorioso proceso de la redención.

EL SIGNFICADO DE LA CRUZ PARA DIOS

La cruz es el hecho más trascendental de la historia de la salvación: mayor aun que el de la resurrección, bien que los dos son inseparables. Se puede decir que la cruz es la victoria, mientras que la resurrección es el triunfo, siendo más importante aquella que éste, bien que el triunfo es la consumación natural e inevitable de la victoria. En la resurrección, pues, se manifestó públicamente la victoria del Crucificado, aunque la victoria en sí había sido ganada cuando el vencedor exclamó: «¡Consumado es!» (Jn. 19:30).

La cruz es la evidencia suprema del Amor de Dios

En la cruz el Señor de toda vida entregó a la muerte a su amado, a su unigénito Hijo, al Mediador y Heredero de la creación (Col. 1:16; He. 1:2, 3). El Cristo que murió en la cruz era el Señor de todo, en honor de quien los astros siguen su curso por el espacio, y al otro extremo de la creación, en cuya honra los insectos revolotean en un rayo de sol (He. 2:10). Verdaderamente, en este gran acontecimiento, «Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro. 5:8).

La cruz es la mayor prueba de la justicia de Dios

En la cruz el Juez de toda la tierra, «como manifestación de su justicia», no perdonó aun a su propio Hijo (Ro. 3:25; 8:32). En el transcurso de los siglos, pese a mucho juicios individuales y parciales, Dios no había castigado jamás el pecado con juicio final (Hch. 17:30). Tanto es así que, a causa de su paciencia, su santidad aparentemente estaba en tela de juicio por «haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados» (Ro. 3:25). En vista de ello, solamente la muerte expiatoria del Redentor, como acto justificativo de Dios frente a la pasada historia de la humanidad, pudo mostrar la justicia irrefutable del Juez supremo de los hombres. Comprendemos, desde luego, que la paciencia de los tiempos anteriores se fundaba exclusivamente en el hecho futuro de la cruz, de la manera en que todo pecado presente y futuro puede ser expiado por la «justificación» del pecador tan sólo por la mirada retrospectiva de la justicia divina hacia la cruz. Por ende, la paciencia pasada, el juicio presente y la gracia futura hallan todos su punto de convergencia en la cruz (Ro. 3:25, 26; 1 Jn. 1:9; Jn. 12:31).

En el evangelio se revela por primera vez «una justicia de Dios» (Ro. 1:17 VHA) que no es sólo un atributo de Dios, sino también un don que procede de Dios, y que es válido delante de su trono de justicia al ser aceptado en sumisión y fe por el pecador (Ro. 1:17; 2 Co. 3:9; 5:21).

La cruz aumenta maravillosamente las Riquezas de Dios

Los redimidos en el cielo cantan: «Tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra» (Ap. 5:9, 10). El cántico expresa maravillosamente el hecho de que los salvos, en su conjunto, son la posesión de Dios, un pueblo adquirido, que es de su propiedad exclusiva (1 Pe. 2:9; Tit. 2:11). Claro está que no queremos decir que esta riqueza adquirida por medio de la cruz signifique un incremento de la gloria esencial de Dios, porque es infinito en todo. Sin embargo, las Escrituras afirman que, al redimir a la Iglesia, Dios ha ganado un instrumento eficaz para la revelación de su gloria, puesto que aun ahora, en este período en que vivimos, la función de la Iglesia no se limita a testificar en la tierra, sino, según Efesios 3:10, 11, existe «para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales». Ante tal pensamiento, ¡que se eleve nuestro espíritu por encima del polvo de nuestra jornada de hoy, hermanos! Por medio nuestro los principados de los lugares celestiales han aprendido hoy algo de la rica diversidad de la sabiduría de nuestro Dios. ¡Que nuestro corazón vuele, pues, por encima de las estrellas para morar al abrigo del trono de Dios el Omnipotente, quien se digna ser nuestro Padre por medio de su Hijo!

EL SIGNIFICADO DE LA CRUZ PARA CRISTO

Para Cristo y para Dios la cruz es la expresión suprema de la autoridad de Dios

Al iniciar su misión redentora en el mundo el Hijo exclamó: «¡Heme aquí para que haga, oh Dios, tu voluntad!», y la entera sumisión a la voluntad divina le hizo ser «obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (He. 10:7; Flp. 2:8; Ro. 5:9). En vista de que el Hijo, igual al Padre en esencia y gloria, se sometiera a la voluntad divina, es evidente que todo otro ser tendrá que rendirse ante la autoridad del trono celestial.

La cruz en grado supremo deleita el corazón de Dios

Debiéramos pensar siempre en primer término en lo que es la cruz para Dios mismo, teniendo en cuenta el simbolismo del holocausto del primer capítulo de Levítico que era «ofrenda encendida, olor suave a Jehová». Fue preciso, ante todo, que Dios quedara satisfecho por medio del gran acto de obediencia de su Hijo, y por eso Pablo, recogiendo el lenguaje levítico, nos declara que Cristo «se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante» (Ef. 5:2).

La cruz es la base de una manifestación especial del amor de Dios para con su Hijo

El amor que une al Padre con el Hijo en el seno de la Deidad ha de ser necesariamente perfecto en su eternidad, pero tal fue el agrado del Padre ante la entrega voluntaria del Hijo, que ésta produjo una manifestación especial de amor y de aprobación: «Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida para volverla a tomar» (Jn. 10:17).

Para Cristo personalmente la cruz es el camino a la diestra del trono como el Dios-Hombre triunfador

La posición esencial del Hijo es «en el seno del Padre» (Jn. 1:18), pero habiendo aceptado la misión de redimir al hombre caído y en cumplimiento de ella se encarnó, llegando a ser el «Hijo del hombre»: el campeón de la humanidad que libra la batalla contra Satanás. En la cruz ganó la victoria, derrotando al enemigo por el hecho de anular el pecado y agotar la muerte. Así pudo ascender a la diestra de la Majestad en las alturas (lugar de todo poder ejecutivo) revestido de la doble gloria de su divinidad esencial e inalienable, unida ya con la gloria que adquirió como el hombre vencedor (Jn. 1:18; Flp. 2:6-11; He. 2:9; 8:1).

Por la cruz Cristo se posesionó de su Iglesia redimida

Por haber pasado a través de la muerte, no se halla ya solo como «el grano de trigo», sino acompañado de los suyos, gozándose en el fruto abundante de la cruz en victoriosa glorificación (Jn. 12:24). Sólo así pudo alcanzar el gozo que le fue propuesto y ser hecho perfecto como el autor y consumador de la fe; sólo así pudo ser el «primogénito entre muchos hermanos», la Cabeza de los innumerables miembros del Cuerpo, adquiriendo aquella Iglesia que es «su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo» (He. 2:10; 12:2; Ro. 8:29; Ef. 1:22, 23)

Ciertamente Cristo, como persona divina, no pudo ganar nada por medio de la cruz, ya que su gloria eterna era infinita. El hombre glorificado a la diestra del Padre no posee más divinidad ahora de la que era suya en la eternidad, antes de encarnarse, sino que pide al Padre la renovada manifestación de la misma gloria: «Padre, glorifícame tú para contigo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (Jn. 17:5). En cambio, como Redentor y el «postrer Adán», Cristo ha ganado una nueva exaltación, teniendo ya un nombre que es sobre todo nombre, en el cual se doblará «toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra» (Ro. 5:12-21; 1 Co. 15:45; Flp. 2:9, 10).

La cruz, para nosotros personalmente, es la expresión más sublime del amor de Dios

Pablo se deleita en contemplar este amor revelado en la cruz: «Del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí»… «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Gá. 2:20; Ef. 5:25). Cristo ha hecho que su muerte agonizante en la cruz sea la bendita fuente de nuestra vida. ¡He aquí la respuesta de su amor redentor a nuestra rebeldía y odio! Por tal medio, la victoria aparente de Satanás se convirtió en una derrota tremenda y decisiva, a la vez que la aparente derrota de Cristo llegó a ser su victoria suprema, manifestación de su poder infinito (cp. Jn. 4:9, 10; Ro. 5:6-8).

EL SIGNIFICADO DE LA CRUZ PARA NOSOTROS

El aspecto individual

Para el cristiano, como individuo, la cruz encierra un doble significado: por una parte, es la base de su justificación, por la que se arregla su vida pasada frente a la justicia de Dios; y por otra, es el fundamento de su santificación, por la que se gobierna su vida presente según la voluntad de Dios.Pero ahora Cristo, por el cumplimiento de la ley en la cruz, ha derribado la pared intermedia de separación, reconciliandonos con Dios. La base de la justificación

Preciso era que nuestros pecados fuesen cargados sobre el Fiador, quien debió llevarlos como sustituto en lugar de otros, a fin de que éstos, habiendo muerto al pecado, viviesen luego a la justicia (Is. 53:6; 1 Pe. 2:24; He. 9:28; 2 Co. 5:21). De la forma en que la ruina del hombre se produjo por un solo acontecimiento histórico —el de la Caída—, así también tuvo que ser levantado de su postración por el Fiador mediante un solo suceso: el acto de justicia del Gólgota (cp. Gn. 3 con Ro. 5:18). En Romanos 5:18 Pablo emplea la voz griega dikaioma que indica un hecho justo, y no la palabra más corriente dikaiosune que significa la calidad de la justicia o de la rectitud.

La naturaleza esencial del pecado es la rebeldía, que conduce indefectiblemente a la separación de la criatura del Creador como fuente de vida y, por consiguiente, resulta en la muerte del pecador. Obviamente, la expiación ha de corresponder a la naturaleza del pecado y, por lo tanto, el Redentor debió sufrir la sentencia de la muerte para poder efectuar la restauración de la vida. He aquí el significado de la declaración: «Sin derramamiento de sangre no se hace remisión» (He. 9:22). Solamente por medio de tal muerte pudo el Redentor anular el poder de quien tenía el imperio de la muerte, es a saber, el diablo (He. 2:14). En la sabiduría eterna de Dios hubo esta necesidad: que la misma muerte, el gran enemigo de los hombres, llegase a ser el instrumento de su salvación, y que aquello que era tanto el resultado como el castigo del pecado se convirtiera en camino para redimir al hombre de su pecado (1 Co. 15:56; Ef. 2:16).

Pero se desprende de todo ello que la muerte de Cristo es «la muerte de la muerte», según la figura de la serpiente de metal en el desierto, ilustrándose el mismo hecho por la manera en que David mató a Goliat con la misma espada del gigante (Nm. 21:6, 8; cp. Jn. 3:14; 1 Sa. 17:51; He. 2:14).

He aquí la lógica de la salvación, que se arraiga profundamente en el plan divino de la redención, siendo irrecusable y demoledora frente a todos los orgullosos ataques de la incredulidad. La «teología de la sangre» —según la despectiva frase de los enemigos de la cruz— que tiene a Cristo crucificado como su centro, permanece inconmovible como nuestra roca de salvación (He. 9:22; 1 Co. 2:2; Gá. 3:1). Para muchos, ciertamente, es piedra de tropiezo, roca de escándalo y señal que será contradicha, pero para lo redimidos es «la piedra viva, elegida, preciosa», el fundamento inamovible de su fe (1 Pe. 2:4, 6, 8; Is. 28:16; Sa. 118:22). Esta piedra está puesta «para caída y levantamiento de muchos», o según la figura de Pablo en 2 Corintios 2:15, 16, es «olor de muerte para muerte» en el caso de algunos, pero «de vida para vida» tratándose de otros. Para los judíos es tropezadero y para los griegos locura, pero no por eso deja de ser «potencia de Dios y sabiduría de Dios» (Lc. 2:34; 2 Co. 2:15, 16; 1 Co. 1:18, 23, 24).

La cruz es la base de la santificación para los salvos

Cristo el Señor murió en la cruz para que nosotros fuésemos salvados de la cruz. Esta afirmación subraya la parte negativa y judicial de su muerte, o sea la liberación que fue provista por el Gólgota. Desde otro punto de vista, Cristo murió en la cruz con el fin de que fuésemos asociados con Él allí, lo que nos incluye en el significado de su muerte a los efectos morales de una vida santa, y eso señala la obligación del Gólgota. Nosotros somos «plantados juntamente» con el Crucificado, siendo vinculados orgánicamente a la «semejanza de su muerte» (Ro. 6:5). Todo eso es otra manera de expresar las enseñanzas del Maestro en los evangelios: que somos discípulos que llevamos su cruz en pos de Él o, según otra figura, somos granos de trigo a semejanza de Cristo mismo, sabiendo que no llegamos a vivir espiritualmente sino a través de la muerte (Mt. 10:38; Jn. 12:24, 25). Así somos llamados a participar en lo que era la fundación de nuestra redención, o sea, de la muerte, que no por ser tenebrosa deja de ser preciosa.

Según Gálatas 2:20 hemos sido «crucificados con Cristo» y por eso:

- El mundo alrededor está muerto por medio del Crucificado, pues por la cruz el mundo está crucificado a nosotros, y nosotros a Él (Gá. 6:14).

- El mundo dentro de nosotros, es decir, nuestra carne, ha sido crucificada igualmente en la cruz, según la afirmación de Pablo: «sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue juntamente crucificado con él… a fin de que no sirvamos más al pecado» (Ro. 6:6, 11).

- El mundo debajo de nosotros ha sufrido una derrota total por medio de la cruz, de forma que Pablo pudo declarar que Cristo, «despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz» (Col. 2:15, cp. Gn. 3:15).

- El mundo encima de nosotros se ha convertido en una esfera de gracia y de bendición, ya que ha sido abolida la maldición de la ley, siendo clavada en la cruz, de modo que el creyente puede exclamar: «Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios» (Gá. 2:19).

El pecador vivía bajo la amenaza de la ley, pero ahora Cristo ha cumplido su fatídica sentencia en su lugar, muriendo por medio de la ley (Gá. 4:4; 3:10). Por este cumplimiento total de la sentencia de la ley, ésta ya no puede levantar acusación alguna contra Él, como representante de la raza, a la manera en que el hombre ajusticiado pierde toda relación con la autoridad que le condenó a la muerte. Cristo, pues, está muerto a la ley. Ahora bien, el creyente en Cristo tiene su parte en la misma experiencia de Cristo por el hecho de su identificación con Él, resultado de la fe verdadero, y por ende, él también ha muerto a la ley y vive ya en la libertad de su unión vital con Aquel que fue levantado de entre los muertos (Ro. 7:4).

El aspecto colectivo

Por medio de la cruz se abre ante la humanidad un régimen nuevo en el que vemos:

- La anulación del poder de la ley, que crea una nueva situación interna.

- La admisión de todas las naciones a la esfera de la salvación que ha creado una nueva situación externa.

- El triunfo universal del Crucificado que ha creado una nueva situación universal.

La anulación del poder de la ley

En la vida interior del creyente la cruz significa el cumplimiento y la abolición de todos los sacrificios levíticos y, por lo tanto, la abolición de la ley levítica en general, porque los sacrificios eran la base de la función sacerdotal, de la forma en que esta lo era de la ley misma (He. 10:10, 14; 7:11, 18). Así por la cruz, Cristo llegó a ser fin de la ley, como también Fiador de un pacto nuevo y mejor por medio del cual los llamados «reciben promesa de la herencia eterna» (Ro. 10:4; Mt. 26:28; cp. He. 7:22; He. 9:15-17), pero siendo disuelto el sacerdocio levítico, ha pasado también el primer tabernáculo, se ha rasgado el velo del templo, el camino al lugar santísimo está expedito y todo el pueblo de Dios se ha transformado en un reino de sacerdotes espirituales (He. 9:8; Mt. 27:51; He. 10:19-22; 1 Pe. 2:9; Ap. 1:6).

Lo antedicho no obsta a que la ley siga cumpliendo su función de dar el conocimiento del pecado a los hombres, siendo buena en sí, y necesario freno en un mundo de impíos (1 Ti. 1:8-11; Ro. 3:20; 7:12).

La admisión de todas las naciones en la esfera de la salvación

No sólo ha perdido la ley su poder interior, en la vida de los creyentes, sino que ha cesado de ser barrera entre Israel y las naciones. Hasta el momento de cumplirse la obra de la cruz, la ley que actuaba de ayo para conducir a Israel a Cristo (Gá. 3: 24) constituía una valla que separaba al pueblo hebreo de los demás pueblos del mundo (Ef. 2:14). Por eso las naciones se hallan sin ley y extranjeras a los pactos de la promesa, lo que producía una tensión entre ambas partes: una especie de enemistad en los anales de la salvación que impedía que aquellos «de lejos» se acercasen a los otros «de cerca». Pero ahora Cristo, que es nuestra paz, por el cumplimiento de la ley en la cruz, ha derribado la «pared intermedia de separación, reconciliando a ambos pueblos, no sólo entre sí, sino también con Dios, formando las dos partes un solo cuerpo, que es su Iglesia» (Ro. 2:12; Ef. 2:11-22).

Vemos que el cumplimiento de la ley por la muerte de Cristo ha roto el cerco de la ley mosaica (cp. Gn. 12:3; cp. Gá. 3:13, 14), ensanchando así la esfera de la salvación, que no se limita ya a las fronteras de Israel sino que abarca todos los pueblos del mundo. El camino de la cruz fue en extremo angosto y angustioso, pero conduce a una esfera sumamente amplia, que incluye a toda alma sumisa, y así pasamos de la estrechez del período de la preparación hasta la universalidad del cumplimiento del plan de salvación: «Y yo, dice Cristo, si soy exaltado de dentro de la tierra, a todos traeré a mí mismo» (Lc. 12:50; Jn. 11:52; 12:32, trad. lit.).

El triunfo universal del Crucificado

La declaración del Señor en Juan 12:31 es de gran importancia y debiera leerse como en la Versión Hispano-Americana: «Ahora hay un juicio de este mundo; ahora será echado fuera el príncipe de este mundo». Cristo profirió estas palabras en la sombra de la cruz, cuando pronto había de consumarse el triunfo de Aquel que murió: el triunfo que había de despojar de sus armas a los principados de las tinieblas y destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte. Fue en vista del «juicio de este mundo» y la derrota del «príncipe» que Cristo pudo dar su grito triunfal al expirar: «¡Consumado es!» (Jn. 12:31, 32; Col. 2:14, 15; He. 2:14; Jn. 19:30).

En cuando a la derrota de Satanás vemos:

- La potencia para ella brota de la obra de la cruz (Jn. 12:31).

- Su realización y manifestación necesitarán un proceso por el que el «hombre más fuerte» atará «al fuerte» (Mt. 12:29).

- Su consumación será absoluta y final (Ap. 20:10).

Es importante notar que la Escritura emplea el verbo «levantar» en sentido doble cuando se refiere a la obra de la cruz, pues abarca no sólo el levantamiento en la cruz para morir, sino también el ser exaltado hasta la diestra de la Majestad de las Alturas, estando íntimamente relacionados estos dos aspectos. El Crucificado es también el Coronado, y es necesario que sea echado fuera el príncipe usurpador y antiguo de este mundo para que tome posesión de sus dominios el nuevo monarca legítimo. Los dos aspectos se pueden estudiar en los siguientes pasajes: Juan 3:14; 8:28; 12:32; Filipenses 2:8-11, y Hebreos 2:9.

No debe extrañarnos, pues, que la tierra temblara cuando el Señor murió o que el sol rehusara dar su luz (Mt. 27:52; Lc. 23:44-45), porque en la cruz de Cristo Dios pronunció su ¡No! frente a toda manifestación del pecado (Jn. 12:31). De igual forma, la tierra será conmovida en el día cuando sea juzgada. Al mismo tiempo, se cubrirá de vergüenza el sol, la luna no dará su luz y palidecerán las estrellas, y los cielos y la tierra huirán de la presencia de Aquel que se sentará sobre el gran trono blanco (Hg. 2:6; He. 12:26, 27; Is. 24:23; Ap. 20:11).

Pero entonces, por la transmutación de los elementos del antiguo mundo material, «siendo abrasados», como dice el apóstol Pedro, surgirá un mundo nuevo y glorioso. Al final de los tiempos, pues, el mundo también experimentará su «muerte» para pasar inmediatamente a su «resurrección» sobre la base de la muerte y la resurrección de Cristo, y así amanecerá su «mañana de Pascua» por el poder transformador de Dios. He aquí el significado profético del oscurecimiento del sol y del estremecimiento de la tierra en el momento de la muerte del Redentor.

Cristo, el grano de trigo (Juan 12:20-33)

Mucho de lo que antecede se resume en la figura de Cristo como «el grano de trigo que cae en tierra y muere».

- Fue «echado en tierra» gracias a su amor de Redentor en el primer Viernes Santo.

- Su tallo abrió paso por la tierra en el Domingo de la Pascua, orientándose hacia el cielo.

- Su tallo dorado penetró los cielos en el día de la Ascensión.

- Su espiga se llenó de multitud de granos en la era indicada por el día de Pentecostés.

La cruz desde la eternidad hasta la eternidad

- La cruz en la eternidad. La cruz es un pensamiento eterno de Dios, pusto que el Cordero fue «conocido ya, de cierto, antes de la fundación del mundo» (1 Pe. 1:20).

- La cruz en el pasado. Es el hecho histórico llevado a cabo en la consumación de los siglos y asociado con los nombres de Getsemaní, Gabatha y Gólgota (He. 9:26).

- La cruz en el presente. «Cristo crucificado» es el tema único y fundamental de la predicación del evangelio, como también norma para la vida del creyente «muerto con Cristo» y que desea vivir «semejante a él en su muerte» (1 Co. 2:2; Gá. 2:20; 6:14; Flp. 3:10).

- La cruz en el porvenir. Será el Salvador que murió en la cruz coronado de espinas, colocando así la piedra fundamental de su propio reino, quien gobernará gloriosamente como Rey en el reino mesiánico visible (Flp. 2:8-11).

- La cruz en la gloria del cielo. El hecho de la cruz será el tema de las alabanzas de los redimidos, y «en medio del trono» se verá un «Cordero como inmolado». Los apóstoles del Cordero tendrán su parte en el fundamento de la ciudad eterna (Ap. 5:6-10; 21:14).

Porque Jehová ha hablado -- Allan Roman

Spurgeon y la Biblia IV

Septiembre 10, 2009 by Allan Román
Allan Román

Allan Román

Pocas personas han notado la importancia de la predicación bíblica de Spurgeon, y puesto que hay un abundante material con el que podemos ejemplificar su interpretación y exposición de la Escritura, nos limitaremos a aquellos sermones que pueden listarse bajo la categoría de “Biblia” o “Palabra de Dios”, que enfatizan la completa confianza de Spurgeon en la Biblia como un libro inspirado y como la Palabra de Dios con autoridad, divinamente revelada y registrada por medio del ministerio del Espíritu Santo.

Spurgeon entendió que su oficio era “predicar a Cristo” en el Tabernáculo Metropolitano, entonces, vamos a recurrir naturalmente a un sermón que expone el respeto que Cristo sentía por la Biblia y, en especial, por las Escrituras del Antiguo Testamento, la Biblia de nuestro Señor en aquel entonces.

En un sermón predicado el 27 de Marzo de 1887, titulado “Jesús rehusó a las legiones”, expuso lo siguiente acerca de la infalibilidad de la Biblia: “Si las Escrituras fueran solamente los escritos de unos hombres, no habría necesidad de que fueran cumplidas. Si sólo fuesen unas expresiones falibles de algunos hombres buenos, no veo una particular necesidad de que fueran cumplidas… las Escrituras eran evidentemente la Palabra de Dios para nuestro Señor Jesucristo. Nunca las toma a la ligera ni difiere de ellas, ni tampoco predice que desaparecerán… Él creía en el origen divino de las Escrituras y también en su infalibilidad… en efecto, Él dice: “Moriré antes que alguna Escritura no vea su cumplimiento”.

Hablando del “valor inapreciable” de las Escrituras, comentó en el mismo sermón: “El Libro del Destino es una lectura cruel, pero el Libro de la Ordenación Anticipada está lleno de frases encantadoras, y nosotros elegimos gozosamente que sean cumplidas las líneas tomadas de ese Libro que están escritas en la Biblia… Amados hermanos, valoremos las Escrituras en la medida en que Cristo lo hizo”.

Quizá su más grandioso sermón sobre la infalibilidad de la Escritura es uno que lleva precisamente ese título, predicado el 11 de Marzo de 1888, y el texto utilizado es: “Porque la boca de Jehová lo ha dicho”. Nuevamente aquí llamó la atención a la manera en la que Jesucristo consideraba a la Palabra de Dios: “Independientemente de la manera en que pueda ser tratado este libro hoy en día, no fue tratado desdeñosamente, ni negligentemente, ni cuestionablemente por el Señor Jesucristo, nuestro Dios y Maestro. Es digno de notarse cómo reverenciaba la Palabra escrita… Él citaba continuamente la Ley y los Profetas, y los Salmos; y siempre trató a los sagrados Escritos con una intensa reverencia, en un claro contraste con la irreverencia del “pensamiento moderno”.

La creencia de nuestro Señor en la autoridad de la Escritura era la garantía que Spurgeon tenía para exponerla de esta manera: “No sentimos ningún imperativo de exponer ni de aplicar lo que ha sido dicho por los hombres… y no deberíamos tener un motivo justificable para predicar durante toda nuestra vida, si no tenemos este mensaje: “La boca de Jehová lo ha dicho”.

Spurgeon afirmó de la siguiente manera su propia “absoluta fidelidad” a la Palabra de Dios: “Nosotros repetimos la Palabra como un niño repite su lección. No nos corresponde a nosotros corregir la revelación divina, sino simplemente ser su eco. Yo no considero que mi oficio consista en presentarles pensamientos nuevos y originales de mi propio peculio; mas mi oficio consiste en decirles: “La palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió”.

En ese mismo sermón describió a la Biblia diciendo que tiene una “dignidad única”, “absoluta certidumbre”, y una “fijeza inmutable”. Lo resumió todo con estas palabras: “Este libro es inspirado como ningún otro libro es inspirado, y ya es tiempo de que todos los cristianos confiesen esta convicción… si nos dejaran la duda en cuanto a qué parte es inspirada y qué parte no lo es, nuestra situación sería tan grave como si no contáramos del todo con la Biblia”.

En el sermón titulado: “Jehová ha hablado: ¿y no quieren escuchar?”, predicado el 4 de Noviembre de 1883, Spurgeon declaró: ‘Lo que he escrito, he escrito’. “Él no cambia Su Palabra, mas Su palabra permanece aunque el cielo y la tierra pasen. No estamos viviendo en un período de revelación gradual, como algunos imaginan: Jehová ha hablado, y no abre Su boca una segunda vez. Él ha cerrado el canon de la Escritura con una maldición sobre aquél que le agregue o le quite a las palabras del libro de esta profecía que Jehová ha hablado. No tienen que seguir haciendo descubrimientos de una nueva verdad fuera de la Escritura; su deber radica en recibir diligentemente el testimonio completo del Señor nuestro Dios”.

Recibamos con diligencia el testimonio completo del Señor, aun en aquellos puntos que resultan aborrecibles para nuestra carne.

"Bienaventurado el hombre que siempre teme a Dios." Proverbios 28:14
El temor del Señor es el comienzo y el fundamento de toda verdadera religión. Sin un solemne temor y reverencia de Dios, no hay un asidero para las virtudes más resplandecientes. Aquel hombre cuya alma no adora, no vivirá nunca en santidad.

Feliz es quien siente un temor celoso de no hacer el mal. El santo temor se fija, no únicamente antes de saltar, sino incluso antes de moverse.

Tiene un temor de errar, temor de descuidar su deber, temor de cometer pecado. Teme las malas compañías, la conversación liviana, y las tendencias cuestionables. Esto no hace desdichado al hombre, sino que le trae felicidad. El sentinela vigilante es más feliz que el soldado que se duerme en su puesto. Quien anticipa el mal y huye de él, es más feliz que quien sigue adelante descuidadamente y es destruido.

El temor de Dios es una gracia tranquila que conduce a un hombre a lo largo de una calzada selecta, de la cual está escrito: "No habrá allí león, ni fiera subirá por él."

Temer la simple apariencia del mal es un principio purificador que capacita al hombre, por medio del poder del Espíritu Santo, a mantener sus vestiduras inmaculadas de cualquier mancha del mundo. En ambos sentidos el que "siempre teme" es hecho feliz.

Salomón había probado tanto la mundanalidad como el santo temor: en el uno encontró vanidad, en el otro felicidad. No repitamos su experimento, sino que debemos ajustarnos a su veredicto.

Meditación
Charles H. Spurgeon

La Importancia De Amar A Nuestros Enemigos --David Wilkerson

La Importancia De Amar A Nuestros Enemigos
(The Importance of Loving Your Enemies)

Por David Wilkerson
3 de julio de 2000
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Si usted dice no tener enemigos, me gustaría hacerle una oferta. Deseo contratarlo para que escriba un libro explicando como usted ha llegado tan lejos en esta vida sin tener aunque sea una sola persona que este en contra suya. Su libro seguramente ha de ser un éxito editorial.

Usted podría describir como nadie ha estado jamás celoso, envidioso u hostil hacia usted. Podría explicar como nadie ha tratado de interrumpir sus planes, dañar sus metas o desviar su futuro. Usted podría decir como jamás nadie le ha hecho daño, lo ha alejado de su deseo, o tramado una ofensa contra usted.

No deseo ser frívolo o sarcástico. Pero, el hecho es, que estas cosas son las que hacen que alguien sea su enemigo y cada uno de nosotros hemos tenido por lo menos una de estas experiencias.

Claro esta, cada cristiano enfrenta un enemigo en Satanás. Jesús nos dice que él es el enemigo que siembra la cizaña en nuestras vidas. (Ver a Mateo 13:39). Del mismo modo, el apóstol Pedro nos advierte sobre Satanás: “Sed sobrios y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8).

Sin embargo, Jesús lo dice bien claro que no tenemos porque temer al diablo. Nuestro Señor nos ha dado todo poder y autoridad sobre Satanás y sus fuerzas demoníacas: “He aquí, les doy poder para hollar serpientes y escorpiones, y todo poder sobre el enemigo; y nada les hará daño” (Lucas 10:19). Cristo declara que la batalla con Satanás ya ha sido ganada. Tenemos poder dentro de nosotros mismos para resistir cualquier treta del diablo para devorarnos.

Deseo que nos enfoquemos en nuestras tribulaciones con enemigos humanos – oponentes de carne y sangre, personas que viven o trabajan a nuestro lado. Ustedes ven, cuando Pedro usa la palabra “devorar,” la palabra griega significa “tratar de tragarte de cualquier forma de un solo bocado.” Pedro esta hablando sobre un tema singular – una batalla, tribulación o tentación – que puede tragarte y llevarte a depresión, miedo o desánimo.

Usted puede testificar de haber obtenido una gran victoria en Cristo. Puede haber resistido exitosamente todas las tentaciones y deseos viles, toda la lujuria y materialismo; todos los amores de este mundo. Pero, al mismo tiempo, usted puede ser devorado por una lucha continua con un enemigo humano. Alguien que se ha levantado en contra suya – manifestando envidia y amargura, mal interpretando sus acciones y motivos, dañando su reputación, oponiéndose a usted en cada esquina, buscando destruir el propósito de Dios en su vida.

El ataque de esta persona hacia usted le ha robado su paz. Usted ha tenido que pasar tiempo precioso explicándose a usted mismo y defendiendo sus acciones. Y después de un tiempo, el conflicto comenzó a consumir sus pensamientos, costándole a usted muchas noches de insomnio. Ahora usted ve que esto esta afectando a su familia, sus relaciones, hasta su propia salud física.

Si esto le describe a usted, entonces usted ya ha sido devorado por un enemigo – ha sido tragado por una tribulación que le trajo su adversario humano.


El Antiguo Testamento parece apoyar nuestras
esperanzas secretas que Dios juzgará
a nuestros enemigos


La ley del Antiguo Testamento pide venganza – ojo por ojo, diente por diente. Este mensaje parece ser “Tú viste lo que mi enemigo me hizo, Señor. Ahora, persíguelo.”

Es fácil para nosotros entender esta actitud según aprendemos sobre los enemigos horribles de Israel. El grito de guerra de los egipcios era “Yo perseguiré, lo venceré y dividiré su tesoro; mi venganza será satisfecha sobre ellos; sacaré mi espada, mi mano los destruirá.” (Éxodo 15:9). Y Dios era fiel para vengar a Israel de sus enemigos: “Soplaste con tu viento; los cubrió el mar; se hundieron como plomo en las impetuosas aguas (15:10). “Extendiste tu diestra; la tierra los tragó.” (15:12).

Puedo escuchar a algunos cristianos decir: “Eso es lo que deseo que Dios haga a mis enemigos. Que los derribe y se los trague. Después de todo ellos me han hecho como los egipcios le hicieron a Israel. Ellos me han perseguido, me han cegado y me han vencido. Así que tengo bases bíblicas para pedirle a Dios que los sople lejos de mí.”

Sin embargo, si tratamos de tomar consuelo en la forma en que se trataba a los enemigos en el Antiguo Testamento – aun nuestros enemigos que no están salvos – nos ponemos otra vez bajo la esclavitud de la ley.

David hizo unos comentarios fuertes sobre sus enemigos. Él le rogó a Dios “Se avergonzarán y se turbarán mucho todos mis enemigos; se volverán y serán avergonzados de repente. (Salmo 6:10). Él estaba diciendo: “Persíguelos, Señor – no permitas que duerman, por lo que ellos me hicieron a mí.”

“Porque no me afrentó mi enemigo, lo cual habría soportado; ni se alzó contra mí el que me aborrecía, porque me hubiera ocultado de él; sino tú, hombre, al parecer íntimo mío, mi guía y mi familiar; que juntos comunicábamos dulcemente los secretos y andábamos en amistad en la casa de Dios.” (Salmo 55:12-14).

David decía en esencia, “Si este hubiera sido cualquier persona ordinaria, no hubiera sido tan grave. Pero era mi amigo íntimo y hermano y todo esto era muy difícil de sobrellevar.”

Creo como muchos estudiosos de la Biblia que el amigo que traicionó a David fue Ahitofel, su consejero y confidente. Estos dos hombres buscaban la opinión del otro en cada situación de su vida. Cada vez que David iba a la casa de Dios a adorar, Ahitofel estaba a su lado, actuando como un oráculo de Dios a David. Y David compartía su corazón abiertamente con Ahitofel, pensando que este era un amigo espiritual.

Sin embargo, este mismo Ahitofel – que parecía tan sabio y espiritual, sin engaño tan dedicado a David y a su causa – de repente fue en contra del rey, y se hizo su enemigo. De hecho, Ahitofel se puso tan amargamente en contra de David que trató de poner personas en contra de él. Tanto así, que reclutó a Absalón, el propio hijo de David, en un plan para matarlo.

David se quejó, “Los dichos de su boca son más blandos que mantequilla; pero guerra hay en su corazón; suaviza sus palabras mas que el aceite, mas ellas son espadas desnudas.” (Salmo 55:21). Lo que él decía era: “Yo pensé que Ahitofel era mi amigo. Hablaba tan piadosamente, me decía lo que era mejor para mí. Pero entonces enterró un puñal en mi espalda.

Esa terrible traición hizo que David siempre estuviera mirando por encima de su hombro. Él dijo: “Todos los días ellos pervierten mi causa; contra mí son todos sus pensamientos para mal. Se reúnen, se esconden, miran atentamente mis pasos como quienes acechan a mi alma.” (Salmo 56:5-6). David gemía, “Ellos velan cada movimiento mío, esperando para engañarme.”

De ese dolor terrible, depresión e ira, David clamó impetuosamente: “Deja que la muerte los acose, y deja que ellos bajen hasta el Seol: porque su maldad esta en sus aposentos, y entre ellos” (55:15). Él decía, en otras palabras, “Mata a este traidor, Señor. No dejes que viva sus días. Envíalo al infierno por lo que me ha hecho.”

Y así, mientras David decía esto, él se representaba como inocente. El testificaba, “Yo buscaré al Señor…en la tarde, en la mañana, al medio día, oraré (55:16-17). David decía, “Señor, tu sabes que he hecho todo para agradarte. No he tocado a este hombre – pero él se ha vuelto en mi contra. Él mismo se ha hecho mi enemigo.”

Estas son las palabras del mismo rey santo que lloró cuando su enemigo asesino, Saúl, fue muerto en batalla. David desgarró sus vestidos en tristeza y llamó a sus amigos para que ayunaran y oraran, llorando, “Un gigante de Israel ha caído. Saúl era un hombre precioso de Dios.” Sin embargo, ahora, David, dijo de Ahitofel, su amigo previo, “Mátalo Dios y mándalo al infierno rápido.” Entonces justifico su actitud diciendo, “Soy un hombre de oración. Estoy siempre de rodillas”

¿Cuántas veces nosotros los cristianos somos como David? En nuestro horrible dolor y depresión, clamamos santurronamente, en justicia propia, contra nuestros enemigos, “Señor, no los dejes vivir ni un solo día más.”


¿Ha sentido usted alguna vez la traición
de un amigo íntimo?


Quizás conozca a alguien que una vez le dijo a todo el mundo cuanto le amaba a usted. Pero entonces, zing – ese amigo le entierra un puñal en la espalda. Él se fue en su contra y ahora busca herirle a usted.

Puede que usted este separado o divorciado de su pareja y ahora su cónyuge esta apuñalándolo. En un tiempo usted estaba convencido que su cónyuge le amaba y respetaba. Estuvo a su lado en el altar, jurando ser suyo(a) por el resto de sus vidas. En esos primeros días, sus palabras eran tiernas y amorosas, y usted pensó, “Estamos tan unidos. Él (ella) es mi mejor amigo(a).”

Pero ahora, él (ella) le ha abandonado, quizás por otra persona. Y ahora le reprocha – le habla palabras suaves mientras que a espaldas suyas, trata de destruirle. Usted se duerme llorando, pensando, “Yo pensé que le conocía. ¿Cómo pudo cambiar de esta forma?”

A lo mejor, su enemigo es un amigo íntimo y personal – quizás un asociado en el ministerio o un compañero de trabajo cristiano. En un tiempo, este amigo parecía santo y sincero; y usted confiaba en él. Pero, de repente, sin ninguna razón aparente, se volvió en contra de usted. Usted no hizo nada para que se volviera en su contra. De hecho, aunque él le sigue haciendo daño, usted se ha mantenido amistoso. Todavía, usted no puede creer el veneno que él le inflige a otros sobre usted – mentiras, palabras hirientes, manipulaciones. Y la herida duele aun más profundamente porque esa persona era su amiga.

Algunos lectores preguntaran, ¿Esas cosas realmente suceden en el cuerpo de Cristo? No se como esto puede ser cierto de un cristiano”. Me entristece decirlo, todo esto es cierto.

Yo conozco a un piadoso hombre de negocios que fue invitado a servir en la junta directiva de una organización cristiana. En su primera reunión se sorprendió de la política y las peleas que él mismo vio. Me llamo, sorprendido y confundido, preguntando: “¿Esto sucede en cada ministerio? Yo espero que esto suceda en el mundo de los negocios pero me disgusta lo que vi y escuché entre estos hombres. No pueden sentarse en el Espíritu de Cristo y resolver sus desacuerdos.”

Le digo que es imposible ser verdaderamente santo sin una obediencia total a lo que el Señor nos ordena que nos amemos unos a los otros. Jesús les dijo: “Toda la ley se cumple en esto — Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón y a tu prójimo como a ti mismo.” (Ver Mateo 22:37-40). Ciertamente, Dios prueba nuestro amor por él por el amor que mostramos a nuestros hermanos y hermanas cristianas. “Si alguno dice: Yo amo a Dios y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1 Juan 4:20).

Usted puede cantar alabanzas a Dios en la iglesia, puede servir comida a los desamparados – pero si usted carga un solo resentimiento contra cualquiera, su amor por Dios es en vano. La escritura dice que si usted guarda mal en su corazón hacia otra persona, usted es un verdadero hipócrita en los ojos de Dios.

Amar a aquellos que nos han herido no es una opción, sino una orden. “Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a los otros, como nos lo ha mandado.” (1 Juan 3:23). “Esto os mando: Que os améis unos a otros” (Juan 15:17).

Usted podrá protestar, “Señor, yo te serviré, te exaltaré, te adoraré y me sacrificaré por ti – pero no esperes que yo deje de sentirme herido. Si tú entendieras la profundidad de este dolor que he pasado, no me ordenarías que hiciera esto. Esta muy afuera de mis habilidades.”

No – esta dentro de su habilidad de poder hacerlo. Jesús dice que él nos ha dado poder a todos sobre el enemigo. Su Santo Espíritu nos da el poder para perdonar, aun cuando hemos sido profundamente heridos.

Usted ve, como miembros del cuerpo de Cristo, debemos reaccionar de acuerdo a las directrices que nos ha dado nuestra cabeza, Jesús. Piense en esto: ni un solo dedo de su mano se mueve, ni su párpado pestañea, sin que sea dirigido por su cerebro. Así, que si Cristo es nuestra cabeza, entonces todos sus miembros deben moverse de acuerdo a sus pensamientos. Y él ha expresado claramente su pensamiento sobre este asunto: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.” (Efesios 4:32).

¿Esta usted actuando de acuerdo a la sabiduría de Cristo? ¿O se ha convertido usted en su propia cabeza, independiente de él? ¿Ha perdonado usted a sus enemigos en amor, así como Jesús le ha perdonado a usted? ¿O usted todavía guarda rencor o resentimiento haciendo que sus pecados se vayan amontonando en contra suya?


Tengo un fuerte aceite de castor
espiritual para usted.


A menudo, el orden de Dios de amar a nuestros enemigos parece medicina amarga y con sabor horrible. Pero, así como el aceite de castor que yo tuve que tragar cuando joven, es medicina que sana. Muchos cristianos no están dispuestos a tomar de esta medicina. La ven expresada en las escrituras pero raramente responden a ella. Ellos se sienten justificados en despreciar a sus enemigos.

Jesús establece claramente: “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;” (Mateo 5:43-44).

¿Estaba Jesús contradiciendo la ley aquí? De ninguna manera. Él estaba revocando el espíritu de la carne que había entrado en la ley. En ese tiempo los judíos solo amaban a otros judíos. Un judío no podía darle la mano a un gentil o tan siquiera permitir que su manto rozara con la ropa de alguien que no era judío. Pero este no era el espíritu de la ley. La ley era santa e instructora. “Si el que te aborrece tuviere hambre, dale de comer pan; y si tuviere sed, dale de beber agua; porque ascuas de fuego amontonaras sobre su cabeza y Jehová te lo pagará.” (Prov. 25:21-22).

Jesús también se refirió a la ley del Antiguo Testamento en referencia a heridas y golpes. El dijo: “Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente, pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra.” (Mateo 5:38-39).

Bajo la ley de Moisés, cualquiera que causara un daño debía ser compensado en la misma manera – herida por herida, golpe por golpe. Sin embargo, esto no podía ser así bajo el ministerio de gracia de Cristo. Verdaderamente, la orden de Jesús que amáramos a nuestros semejantes también incluía aun a nuestros enemigos.

Usted preguntará, “¿Debemos amar a personas malas, – doctores que practican abortos, políticos sin escrúpulos, homosexuales que proclaman que Jesús era homosexual? ¿Acaso la Biblia no establece que debemos estar en contra del pecado y que debemos con toda nuestra fuerza resistir a los malos?” Si, lo dice. Pero debemos resistir las obras malas de esta gente sin odiar a su persona.

Usted deseará declarar la oración de David: “¿No odio, oh Jehová a los que te aborrecen, y me enardezco contra tus enemigos? Los aborrezco por completo; los tengo por enemigos.” (Salmo 139:21-22). Aun así, hasta David finalmente descubrió el espíritu grato de la ley. Él aprendió que es posible odiar a lo maligno en alguien sin odiar a la persona. Él escribió: “…Aborrezco la obra de los que se desvían;…” (Salmo 101:3). “…he aborrecido todo camino de mentira” (119:104). “La mentira aborrezco y abomino;” (119:163).

Considere el ejemplo de Jesús. Él enfrentó la combinación del mal en todo poder significante de sus días – oficiales de gobierno, líderes políticos y eclesiásticos. Todos ellos se hicieron enemigos de Jesús, formando barreras malignas contra él. Aun en la cima de su dolor, al borde mismo de la muerte—Jesús oró, “Padre, perdónalos” (Lucas 23:34).

Esteban tuvo todo el derecho de resistir a los que le apedrearon. Él pudo haber apuntado el dedo a aquellos líderes corruptos y pudo haber dicho: “Los veré el día del juicio. Ustedes no se saldrán con esto. Dios va a castigarles por este pecado.” Pero, en vez de eso, Esteban siguió el ejemplo de Jesús. Él oró, “Señor, no les tomes en cuenta este pecado.” (Hechos 7:60).

Cuando Miriam se levantó para quejarse en contra de su hermano, Moisés, ella cometió un pecado digno de muerte. Y Dios fue fiel para vengar a Moisés, dándole lepra a su hermana. Sin embargo, Moisés no se regocijó por el sufrimiento de Miriam. Se entristeció su corazón y le rogó a Dios que la sanara: “Te ruego, oh Dios, que la sanes ahora.” (Núm. 12:13).

Pablo fue halagado por hipócritas quienes luego le insultaron, abusaron, y vituperaron. Gente de todos lo espectros opusieron a Pablo – políticos perversos, sociedades enteras, y sodomitas romanos, que le odiaban por oponerse a sus practicas homosexuales. Hasta iglesias se levantaron en contra de él. Maestros airados, celosos de las revelaciones que recibía Pablo, se burlaban y le citaban equivocadamente. Otros le acusaban de manejar mal el dinero.

No se equivoque – Pablo odiaba el pecado de ellos. Sus traiciones le entristecían y él hablo en contra de su maldad. Pero nunca dejo de amarles o de orar por sus almas. Él testificaba: “… nos maldicen y bendecimos; padecemos persecución y la soportamos. Nos difaman, y rogamos;” (1 Cor. 4:12-13). Pablo seguía el ejemplo de Jesús. Así como Pedro escribió de Cristo, “quien, cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; (1 Pedro 2:23).

Podemos odiar las acciones inmorales de aquellos que están en el gobierno. Podemos odiar los pecados de los homosexuales, los abortistas y todos los que odian a Cristo. Pero el Señor nos manda a amarles como personas – personas por las cuales Jesús murió. Y él nos manda a que oremos por ellos.

Muchas veces, sin embargo, hacemos chistes a expensa de ellos. Yo he contado y me he reído de muchos chistes acerca de nuestro Presidente. Creo que su posición sobre el aborto en el último término es una abominación en los ojos de Dios y hace que mi sangre hierva. Pero eso no me excusa a mí de tomar seriamente su alma eterna. Si en cualquier momento yo aborrezco a una persona en vez de los principios detrás de esa persona, entonces yo no estoy verdaderamente representando a Cristo.

Yo creo que el nombre de Jesús ha sido deshonrado por la manera que muchos cristianos han reaccionado a los hacedores de maldad. Hemos injuriado a aquellos por los cuales debemos estar orando. Los que se llaman creyentes han bombardeado las clínicas de aborto, han asesinado a doctores abortistas, y han sacudido sus puños a marchantes homosexuales. Nada de eso es el Espíritu de Cristo. Nuestro poder esta sobre nuestras rodillas, no en sacudir nuestros puños o rebajarnos con juicios airados.


Ahora vamos a hablar de esos enemigos
dentro de la iglesia.


¿Cómo debemos reaccionar hacia cristianos que se han hecho enemigos nuestros? Jesús nos manda a amarlos, haciendo tres cosas: 1. Bendiciéndolos. 2. Haciéndoles bien. 3. Orando por ellos. “…Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen y orad por los que os ultrajan y os persiguen;” (Mat. 5:44).

Revisemos nuestras vidas a la luz de estas tres cosas para ver si estamos siendo obedientes a Cristo, nuestra cabeza:

“Bendecid a los que te maldicen.” ¿Qué, exactamente, quiere decir bendecir? La palabra griega bendecir aquí implica, “hablar solo lo que es bueno y edifica, en voz alta, con la boca.” No tan solo debemos pensar cosas buenas de nuestros enemigos, sino que también debemos decirlas abiertamente.

Ciertamente, yo he fallado en este mandato. Recuerdo en una ocasión cuando alguna gente que yo amo mucho se levanto en contra mía, persiguiéndome y reprochándome. Fue el peor dolor que yo he sufrido, consumiendo mis pensamientos día y noche. Cada vez que tenía la oportunidad, yo me desahogaba con cualquiera que me quisiera escuchar.

Un día una pareja muy querida en el ministerio nos invitó a mi esposa, Gwen y a mí a almorzar. Tan pronto nos sentamos, comencé a desahogar mi pena y carga sobre ellos. Les conté cada detalle de mi dolor – cada mentira que fue dicha, y todas las heridas que habían sido infligidas. Esa pareja nunca supo lo que les había tocado. Una hora más tarde se fueron aturdidos. Cuando mire a Gwen, vi desaliento en sus ojos. Ahí fue cuando me di cuenta – yo había hablado todo el tiempo.

Supe después que esta pareja querida estaba sufriendo – y esa era la razón por la cual estaban desesperados por reunirse con nosotros. Sin embargo, yo nunca les pregunte como estaban. Ellos no pudieron decir ni una palabra – y se fueron vacíos, secos y sin edificar. Si tan solo yo hubiera obedecido el mandamiento de Jesús de bendecir a mis perseguidores hablando bien de ellos, esta pareja pudo haber sido bendecida. Al contrario, se fueron entristecidos en su espíritu.

“Haz bien a aquellos que te odian.” ¿Qué quiere decir que hagas bien a aquellos que se nos oponen? El significado en griego implica “honestidad mas recuperación.” Jesús esta diciendo en esencia, “Haz todo en tu poder para conseguir la sanidad de tu enemigo y su recuperación de la trampa de Satanás. Sabes que lo que esta persona te está haciendo es maligno. Pero tu enfoque no debe estar en tu propio dolor sino en el engaño del alma de tu enemigo.”

En realidad, Cristo nos esta ordenando a visualizar la condición de la condenación del alma de nuestros perseguidores. No debemos consolarnos pensando que Dios algún día va a vengarse de sus pecados en contra de nosotros. Al contrario, debemos orar por ellos. Debemos tratar de derribar cualquier pared que les pueda condenar y poner delante todo esfuerzo para construir un puente hacia ellos.

Jesús prometió, “A quienes remitieres los pecados, le son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos.” (Juan 20:23). “Remitir” significa olvidar totalmente, renunciar, poner a un lado. Claro que nadie puede remitir los pecados de alguien contra Dios. Solo Cristo puede hacer esto, a través de su obra en la cruz. Pero podemos remitir aquellos pecados que han sido cometidos contra nosotros. Jesús esta diciendo, “Si tú remites ese pecado contra ti, yo lo remitiré en el cielo. Perdonare a tu enemigo por ti.”

“Ora por los que te usan y te afrentan.” Vemos esta orden ilustrada en las responsabilidades del sumo sacerdote. Primero, la ley requirió que un sacerdote hiciera el sacrificio y lo pusiera en el altar, para tratar con el pecado de la gente. Y segundo, el sacerdote debía orar por la congregación y actuar como intercesor de ellos.

Este trabajo sacerdotal fue demostrado en la cruz. Jesús hizo ambas cosas: Primero, hizo un sacrificio por el pecado con su propio cuerpo. Luego, oró por el perdón de la gente, incluyendo a sus propios perseguidores.

Y ahora mismo, Cristo esta intercediendo por sus enemigos. “Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, Jesucristo el justo.” (1 Juan 2:1). Jesús es un abogado aun para aquellos que te han perseguido y abusado. Así, que si él esta intercediendo por sus almas, ¿cómo puedes seguir siendo su enemigo? Es simplemente imposible.


¿Cuán importante es perdonar y bendecir
a nuestros enemigos?


Pablo escribe, “Dejad lugar a la ira de Dios” (Ro. 12:19). En resumen, él esta diciendo, “Sufre lo malo que te hagan. Ríndelo y sigue adelante. Ten vida en el Espíritu.” Pero si rehusamos perdonar las heridas que nos han hecho, tenemos que encarar las siguientes consecuencias:

  1. Nos haremos mas culpables que la persona que nos hirió.
  2. La misericordia y gracia de Dios hacia nosotros serán cortadas. Entonces, según las cosas comienzan a marchar mal en nuestras vidas, no entenderemos porque estamos en desobediencia.
  3. Las vejaciones de nuestro perseguidor contra nosotros continuaran robando nuestra paz. El se convertirá en el triunfador, teniendo éxito en darnos una herida permanente. Y se irá riéndose mientras nosotros continuamos hirviendo en ira.
  4. Porque Satanás triunfa en llevarnos a pensamientos de venganza, podrá entonces dirigirnos a pecados de mortandad y cometeremos transgresiones mucho más terribles que estas.

El escritor de los Proverbios aconseja, “La cordura del hombre detiene su furor, y su honra es pasar por alto la ofensa.” (Prov. 19:11). En otras palabras, debemos hacer nada hasta que nuestra ira haya pasado. No debemos hacer una decisión o dar seguimiento a cualquier acción mientras estamos airados.

Además, traemos gloria a nuestro padre celestial cuando ignoramos heridas y perdonamos los pecados hechos a nosotros. Cuando hacemos esto nuestro carácter se edifica. Ya hemos leído que si reaccionamos como Jesús lo hizo, “Jehová te lo pagará.” (Prov. 25:22). Cuando perdonamos como Dios perdona, él trae revelación de favor y bendición como nunca hemos conocido.